Haz de cine para apaciguar las sombras

Reportaje

Dos sentidos. Disfrutar el cine requiere dos sentidos: la visión y la audición. O al menos eso creía yo. Es muy fácil establecer categorías y cimentar opiniones cuando no se sabe. Muy fácil y muy poco atinado. Cuando entré en la sala unos cuantos asistentes ya estaban allí. Luego llegaron más. El miércoles es su día para ir al cine y ni el calor ni las majaderas guaguas pueden impedirlo. No se atreverían.

Al principio estaba nerviosa, no me importaba que el 99 por ciento del auditorio no me pudiera ver. Eso no significaba que no me pudieran sentir. Sabían que estaba allí, que una “extraña” ese día se encontraba en la sala. Son perspicaces, mucho. Antes de proyectar la película, Frómeta leyó algunas informaciones, parte de la cartelera de verano, y comentó la sinopsis del largometraje español que “verían” en minutos. Habló de su director y elenco. Algunos ya sabían sobre los filmes de estos meses de estío por la programación en braille que está a la entrada del cine. “A la derecha”, coreaban cuando alguien preguntaba: “¿en qué parte de la entrada?”.

Cada miércoles, desde hace cinco años, es así o mejor. Los miembros del Cine Club Tocando la luz llegan hasta la sala 1 del multicine Infanta –antes, hasta La Rampa- y sienten la magia del séptimo arte. ¿Acaso por ser ciegos y débiles visuales no pueden vivir la experiencia? Claro que pueden, solo que lo hacen a su manera. Se trata de un sistema conocido como audiodescripción, que consiste en agregarle al filme una pista sonora que narra y describe los acontecimientos, las personas, el ambiente... Escuchar tal narración junto al guion original les permite a las personas ciegas y débiles visuales poder entender la historia y disfrutar la película.

El alma y director del espacio, Jorge Frómeta, comenzó hace un lustro la aventura, que este 6 de julio estuvo de aniversario. “Compramos un cake y le cantamos Felicidades al proyecto”, me dice Guillermo Rodríguez, fundador también del Cine Club y Secretario del Departamento de cultura de la Dirección provincial de la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (ANCI), en La Habana.

“Tocando la luz cortó su cinta roja en 2011 en el cine La Rampa. Pero desde hacía siete años tenía en mente el proyecto”, me explica Frómeta. “Todo empezó cuando organicé la primera proyección en Cuba para personas invidentes en la sala Chaplin. Fue la película argentino-cubana Al fin, el mar, de Jorge Dyszel. Vinieron muchos hombres y mujeres con esta discapacidad, y los que allí estábamos y podíamos ver, nos pusimos antifaces para estar en iguales condiciones. Algunos de aquellos ciegos y débiles visuales nunca habían ido al cine, otros que perdieron la visión por enfermedades, accidentes y otras causas pensaban que nunca más volverían a sentarse en una luneta. Atestiguar su alegría me hizo pensar en la necesidad de un espacio que les permitiera ir al cine con sistematicidad”.  

Así comenzó el viaje. Frómeta, también director del Proyecto 23 del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), recibió el apoyo de esta institución y de la ANCI.

Durante los primeros cuatro años solo se proyectaban películas cubanas. Ahora el cine nacional sigue de privilegiado, pero también integran la programación obras españolas. Las audiodescripciones de las primeras se crean en el Departamento 14B de doblaje y subtitulaje del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Las del Viejo Continente ya traen la pista sonora incorporada.

A varios de estos encuentros ha traído Frómeta directores, actrices, actores y guionistas cubanos para que presenten sus películas. “Se quedan asombrados con las proyecciones. Y con los cine-debates que hacemos al final, más todavía. Enrique Pineda Barnet, Manuel Herrera, Rigoberto López, Juan Carlos Cremata y Lester Hamlet son algunos de los directores que han desfilado por aquí”.

Para “el Guille”, como llaman sus compañeros a Rodríguez, Tocando la luz significa poder ver. “Cuando era vidente me gustaba mucho ir al cine, perseguía cada estreno. Ahora tengo las dos experiencias. Este proyecto me ha permitido volver a las salas cinematográficas y poder apreciar el séptimo arte. Le da vida a mi mundo”.

Y es que el miércoles es un día para ir al Infanta, pero también se presta para tomar helado después de la función o sentarse en el malecón. “Salimos de la casa y eso nos hace bien. Además, muchos venimos con familiares y amigos, o sea, que el proyecto también nos une más. Gracias a él hemos podido reinsertarnos en la sociedad”, asegura.

Varios medios de prensa nacionales e internacionales se han interesado por Tocando la luz y han hablado de él. Desde la Agencia Cubana de Prensa hasta Reuters. De hecho, gracias a esta divulgación la realizadora estadounidense Jennifer Redfearn llegó a la Isla a finales de 2011 con las ganas de hacer un documental sobre este espacio. Y lo hizo. Y ha sido premiado. Sin embargo, para los miembros del club el mayor anhelo es poder extender “la luz” al resto del país.

Según me contó Frómeta, en 2012 realizó 100 copias de cinco películas cubanas y las entregó en el resto de las provincias para que las personas invidentes tuvieran también la posibilidad de ir al cine. “Pero ‘la cosa’ no ha fructificado como aquí en La Habana”, se lamenta. Desde 2011 a la fecha la cantidad de miembros en la capital ha ido in crescendo. Algunas funciones han alcanzado más de un centenar de espectadores.

“Inclusión” es una palabra que le gusta mucho a Frómeta. A Guille. A mí. Ese es el leitmotiv de Tocando la luz. “Y no se trata solo de hablar de ella. Sino de cooperar para que sea real”, apunta el primero. “Varios dirigentes e instituciones todavía no han concientizado la necesidad de la inclusión social de las personas con discapacidades. Es imprescindible que se hagan proyectos humanos y sensibles como este”, señala el segundo. “¿Acaso alguien puede negar la importancia y utilidad de espacios como este en una sociedad donde las personas muchas veces no miran hacia los lados?”, me pregunto yo.

Por ahora solo queda el consuelo de los miércoles a la 1:30 de la tarde. Hora en que la sala 1 del Infanta se va llenando de hombres y mujeres que ríen, hablan de cine, hacen pases de lista por municipios, se quejan jocosamente del calor y las majaderas guaguas, y luego se olvidan por una hora y tanto de los problemas exteriores. De sus problemas interiores.

“En ocasiones parece que estamos dentro de la película”, me confiesa Guille. Yo nunca lo he sentido así. Casi nunca. ¿Y acaso no daríamos los cinéfilos cualquier cosa por ser parte, aunque sea una vez, de una historia de la gran pantalla? Yo intentaré lograrlo. En mi próxima visita llevo un antifaz.   

(14-20/ 07/ 2016)