Mi segunda cita con El acompañante

Comentario

Las películas son como las personas. O las personas son como las películas. Ambas tienen formas y significados. Hacen reír y llorar. Atraen o repelen. Algunas quieres verlas todos los días; otras, nunca más. El final de unas es predecible; el de varias, desconocido. Y todas, absolutamente todas, te producen nuevas sensaciones cuando decides reencontrarlas.

Anoche decidí “reunirme” por segunda vez con El acompañante, de Pavel Giroud. Al fin tuvo su premier en la Isla. Lo “conocí” durante el pasado Festival de Cine de La Habana. Como amo el séptimo arte por las historias que cuenta, me gustó. Sin embargo, no recuerdo sentir esta película hace casi un año como lo hice anoche. Es cierto que, por lo general, cuando ves un filme por segunda vez haces descubrimientos que dejaste ocultos en la primera. No obstante, como conoces la trama es probable que las emociones queden en un nivel más abajo. No ríes tan alto, no lloras durante minutos ni la tensión te contrae con la misma fuerza. Pero curiosamente este largometraje de Giroud me produjo lo contrario.

Aunque desde aquel diciembre venero las actuaciones de Yotuel Romero y Armando Miguel Gómez, anoche las adoré. No parecía tener delante de mí a ese “orisha” que canta y se mueve con una sabrosura de culto, sino al verdadero Horacio Romero, el mejor boxeador de Cuba. La contención de las emociones, la voz grave, su postura contraída y ese camina´o de hombre transpirando masculinidad convirtieron al músico en el boxeador castigado por dopaje. También escondían a un hombre sensible, capaz de amar y de flaquear por sentir el peso de un país encima. Sin dudas, esa puerta que cierra al final de la película es antítesis de la que se abrirá para él a partir de ahora en el mundo de la actuación.

Armando Miguel ya me había gustado desde Conducta, la película de Ernesto Daranas, y en este largo consolidó su posición. Daniel Guerrero representa a un ser humano que muchos quisiéramos ser y al que en reiteradas ocasiones no logramos alcanzar: el que no se arrepiente de nada. Aunque apoderarse de aquella “negra bellísima” encima de la camilla fría marcó el comienzo del fin, para el muchacho valió la pena. Esa actitud de no arrepentimiento y las ansias de libertad que caracterizan a Daniel, Mandy las proyecta y por eso me las creo. La expresión descarada, la mirada pícara, las maneras de hablar y sonreír le dan vida a ese personaje que opaca sus desgracias con voluntariedad y sentido del humor. Daniel no se lamenta, y Mandy tampoco.

Esta segunda vez con El acompañante también me acercó más a la fotografía. El tono de las imágenes me transportó a los 80 del pasado siglo. No conocí esa década porque nací a principios de la siguiente, sin embargo, creía estar en ella. Claro que ayudó a tal sensación el trabajo de la dirección de arte, el vestuario y el maquillaje. No obstante, reitero, la razón principal de mi teletransportación fue el tono –para mí, cálido– de la fotografía. También me entristecieron imágenes que antes no lo hicieron, como esas del amanecer en el sanatorio, momentos en los que me pareció sentir la frialdad de la mañana. Lo juro.

Si antes disfruté el vaso plegable de Horacio, sus constantes guantes, las paredes de su casa y el inseparable bolso rojo, ahora lo hice mucho más. Si antes me conmovieron los dibujos de la sobrina de Daniel en la pared del cuarto, la lágrima cuando termina de contarle su historia al boxeador y la resignación de Lisandra, ahora lo hicieron mucho más. Si antes me estremeció ver al “conflictivo” paciente apoyarse en un lavamanos endeble para saltar por la ventana, su cara dos veces hinchada por culpa de manos y piedra, y tantas jeringuillas con sangre, ahora preferí mirar por entre los dedos.

En esta ocasión, bailé en la luneta con los Van Van y recordé que en mi casa, cuando era niña, había un radio rojo y una sobrecama de chenille como los de la habitación del paciente y su acompañante. También tuve ganas de abofetear al padre de Daniel por pedirle a Horacio que dejara la caja de galletas en el piso. Y sentí deseos de ver Patakín en la gran pantalla.

Pero lo más sorprendente de este reecuentro fue que el suicidio del protagonista me tomó por sorpresa. No recordaba que fue Daniel quien terminó con su vida y no el sida. Aunque tampoco recordaba que fue su estrategia de atacar con la derecha la que puso la medalla en el pecho de Horacio. Luego, en el suyo.

En esta segunda cita lloré aún más que en la primera, pero también me consoló pensar que hay personas que te aman y ayudan sin importar cuán “contagioso” seas. Pensé, además, en la exquisita complejidad de las relaciones humanas y la validez del carpe diem. Aunque, sobre todo, pensé en la importancia de querer vivir incluso en los momentos mortales.

La historia de El acompañante demuestra las debilidades y fortalezas del ser humano con respeto, sensibilidad y belleza. Contenido y forma fueron concebidos por su director de manera loable y, según mi criterio, tal hazaña es resultado de habilidades creativas permeadas por mucho sentimiento. Una película así siempre será bienvenida.

Adjudico los redescubrimientos de mi segunda cita con El acompañante a la magia del cine. Sentarme delante de la gran pantalla supone para mí un acto de culto y, cuando el filme vale la pena, como en esta ocasión, las sensaciones que experimento solo las puede comprender otro fiel devoto. Ojalá ese patrimonio intangible que es el cine cubano gane con más frecuencia obras como este largometraje de Pavel Giroud. Las necesitamos. Yo, al menos, las necesito. Anhelo películas que me despierten esos deseos incontenibles de reencontrarlas; de ir al cine, por ellas y con ellas, una segunda vez.    

(8-14/ 09/ 2016)