Cine pobre: algo más que una ilusión

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El Festival Internacional del Cine Pobre de Gibara, que celebrara su cuarto encuentro el pasado abril de este año, se ha convertido en un punto importante de confrontación y debate de los cineastas de Cuba y el mundo. Cada vez son más los que acuden a la invitación, motivados por la realización de un cine de modestos recursos, donde prime el deseo y la voluntad de crear, sin compromisos, y con libertad, las historias que verdaderamente nos interesan.

Inspirados en la figura de Humberto Solás, presidente del certamen, –quien ha regresado a la semilla con sus dos últimas películas Miel para Oshún (2001) y Barrio Cuba (2005) – optando por contar estas historias desde la sencillez y con la tecnología digital, la cita de Gibara cada día gana mayor cantidad de adeptos identificados con el ya bautizado “movimiento del cine pobre” que incita a los video-cineastas a organizar sus producciones con personal artístico y técnico que se sientan comprometidos con la obra, más que con las ganancias de las que pudieran beneficiarse. Claro está, esas ganancias o remuneraciones no quiere decir que no las necesitemos, porque de eso también vivimos, pero de lo que se trata es de darle jerarquía a lo que en realidad importa que es la película en sí; acude a mi mente ahora El Evangelio según San Mateo, que Pasolini llevó a la pantalla: “No solo de pan vive el hombre”, y se me antoja que la predicción de los “hombres del cine pobre” puede equilibrarse entre la pasión de hacer un cine que nos represente e identifique y, por otro lado, la esperanza de que esas obras, grabadas con el corazón, encuentren el mecenas que se encargue de una futura distribución.

El Cine Pobre es también la ilusión de aquellos que un día vieron lejos de esta profesión desde diferentes lugares, provincias o comunidades y hoy, gracias a la revolución tecnológica y, unido a ella, el talento, pueden firmar con su nombre una película y disfrutar en la sala oscura cómo la gente la hace suya. Sensación –y lo digo por experiencia–, que no tiene precio. Sin embargo, es preciso aclarar algo: Cine Pobre no hace culto a gratuidades o regalías: es otra manera de ver este arte alejado de la maquinaria tradicional, que ha envuelto y envilecido la profesión del cineasta, por lo que el movimiento se perfila, avanza y necesita de esa red internacional para ayudarnos y así llevar hacia delante ese cine que tanto deseamos ver.  

La pasada edición del certamen mantuvo la misma llama del primer día, solo que se halla en perenne crecimiento, lo cual se traduce en la cifra de delegados y visitantes en parques y calles de la Villa Blanca que sirvieron otra vez de plazas para hablar de cine o comentar las películas en concurso. Muchas veces, el mismo público compartía con los realizadores, actores y cinéfilos, atrapados entre mar y montaña.

Humberto Solás.

Las secciones teóricas matutinas conducidas por el maestro Solás; el espacio dedicado al Manifiesto Pobreza Zero y a la protección de la diversidad de las expresiones culturales; el tributo a la actriz Aurora Basnuevo con la proyección del corto Adela; la presentación especial de dos obras excepcionales del gran Roberto Rossellini en su centenario; las intervenciones de Abel Prieto, Ministro de Cultura, y de Omar González, presidente del ICAIC; las competencias en largos y cortometrajes de ficción, documentales, guiones, así como la muestra oficial fuera de concurso, guiones en seguimiento de los encuentros anteriores y una amplísima sección informativa, además de la inauguración, por primera vez, de una subsede en la ciudad de Santiago de Cuba, constituyeron, sin lugar a dudas, acontecimientos importantes que fortalecieron esta nueva convocatoria.

Se advierte también un incremento en la variedad de los premios, en metálico o en tecnología, que no solo servirán de trofeos para ser colocados en una repisa, sino que dan la posibilidad a los laureados de continuar existiendo como cineastas a través de valiosas contribuciones que harán que el filme ganador o el proyecto venidero no se quede engavetado y pueda circular de una manera digna o se materialice un proyecto que transite de la palabra al filme.

Mucho se podría decir de la envergadura y el entusiasmo real suscitado por el Festival. Es sorprendente ver el traslado de personas de todo el país y desde el extranjero que acuden a Gibara por diferentes vías, o hasta Holguín, que también es subsede. El pueblo gibareño ha hecho del Festival su fiesta más importante y eso también representa un logro en el aspecto social. Queda mucho por hacer, para acudir a la socorrida frase, pero aquí podemos repetirlo. Humberto Solás y Sergio Benvenuto, como cabezas de todo ese engranaje, saben que el camino recorrido es gratificante, pero en la inconformidad está el éxito.

Gibara existe más allá del mito y de los recuerdos de cuando se filmó en sus periferias algunas secuencias de “Lucía 196…” o la controvertida discusión en uno de sus parques en Miel para Oshún. Ahora la ciudad adquiere otra connotación, es plató permanente de encuentros y desencuentros, de muchas historias mezcladas, filmadas y reales y, sobre todo, resguarda en sus entrañas, año tras año, lo mejor del cine alternativo, independiente, de bajo presupuesto, pobre, y allí también alguien habló en este pasado festival de un “nuevo cine cubano”.

Tomado de Revista Cine Cubano. No. 160-161. 2006.