Primer Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Discurso inaugural

Editorial

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Palabras de apertura pronunciadas por Alfredo Guevara en la inauguración del primer Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano el 3 de diciembre de 1979.

Compañeros dirigentes del Partido y del Gobierno Revolucionario.

Queridos hermanos de Nuestra América.

El Festival es una realidad. Parecía un sueño y es una realidad. Y al declararlo inaugurado damos una calurosa bienvenida a los hermanos de Nicaragua que llegan por primera vez portados en andas por su pueblo, protagonista de una gesta impar, forjada y dirigida por esa admirable cantera de héroes que ha sido el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Y con, y junto a los hermanos nicaragüenses, damos también calurosa y emocionada bienvenida a los hermanos chicanos que, como ellos llegan por vez primera proclamando la irrenunciable lucha de su pueblo por conservar, reconquistar, afirmar y desarrollar la propia identidad. E identidad es premisa de la libertad, y de la propia dignidad, me atrevo a decir.

La cinematografía cubana que cumplió sus veinte primeros años el 24 de marzo, cierra los festejos de este aniversario recibiendo a sus hermanos de América Latina y el Caribe con motivo del Festival. Y lo hace para conmemorar también, y sobre todo, los primeros veinte años del Nuevo Cine Latinoamericano. El nacimiento del Cinema Novo en Brasil; y más tarde de cinematografías progresistas y renovadoras en unos países, revolucionarias y combatientes en otros, patrióticas y antiimperialistas siempre, recorre infatigable el curso de estos años. Es como si en nuestros tiempos y con armas nuevas, nuevas y no mejores pero nuevas y también legítimas, una generación de jóvenes artistas que se empeña en alcanzar con el cine la hazaña intelectual y política de nuestros escritores y artistas que, durante siglos, y desde horas muy tempranas, trabajaron como sabios y orfebres la imagen de Nuestra América, descubriéndole su unidad profunda, la maravilla de su diversidad, la originalidad de su historia y el tesoro de experiencias que guarda, la riqueza inextinguible de sus lenguajes y el diseño de un futuro en que las posibilidades no reconocen fronteras.

Debe mucho esta época, y este cine, a la obra primera de los cineastas brasileños que supieron buscar en las fuentes y se reconocieron desde el primer día herederos de movimientos significativos de su cultura y tradición, y que encontraron inspiración y aliento en la obra barroca y tropical, sensualista y revolucionaria, de grandes artistas de un pasado reciente. También nosotros los cubanos, rechazamos desde el primer día toda relación con un cine nacido de la prostitución, sub-cine imperialista dirigido a profundizar y perpetuar la neo-colonización cultural impuesta por el imperialismo norteamericano a cañonazos en Cuba y Puerto Rico, en Nicaragua, en Haití y en los territorios arrebatados a México, y enmascarada y pérfida e igualmente deformante en otros países.

No podía ser nuevo cine, cine revolucionario, antiimperialista y militante sin serlo primero de la autenticidad. Por eso la primera Ley del Cine, promulgada por la Revolución cubana cuando no habían pasado aún tres meses del triunfo, dice en su primer “Por cuanto: el cine es un arte”. Para serlo, y para serlo de Cuba, el lugar que nos vio nacer, y de América Latina, primera escalada hacia la humanidad toda, porque patria es humanidad, teníamos una sola fuente válida: la obra de nuestros maestros de la literatura y la crítica en el Siglo XIX, y de los escritores y artistas que desde los albores de nuestro siglo restablecían con su obra, y en la conciencia de las nuevas generaciones, la maltrecha imagen de la República usurpada. No fue un accidente que la vanguardia revolucionaria que encabezaron un día Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, haya recogido las banderas de la cultura nacional, cuidado de los artistas y escritores, de los investigadores, historiadores y antropólogos, y en general de los estudiosos de las más diversas disciplinas. No importa donde militaran. En el Partido Socialista Popular, en el partido de los comunistas de la época tenía en su casa última cuantos con su vida y su obra contribuían en la escala mayor o en cualquier escala, a profundizar la conciencia revolucionaria, antiimperialista de nuestro pueblo. Ese es mérito indiscutible de aquel Partido nuestro, y de sus dirigentes, que fueron maestros de toda una generación revolucionaria. Inspirados en esa lección de la historia, en esa enseñanza imborrable, los cineastas cubanos forjamos el instrumento de trabajo necesario: un movimiento artístico no del cine cosmopolita internacional sin carácter y al viento de la moda (impuesto por los medios de comunicación que usurpan el imperio y sus edecanes), sino un movimiento artístico de la cultura cubana, latinoamericana y del Caribe, que aprende a ser socialista descubriendo y cultivando los rasgos nuevos que el espíritu solidario e internacionalista que hace brotar en cada ser y en la sociedad toda.

El Nuevo Cine Mexicano es un acontecimiento sin precedentes y prueba de la fuerza irrefrenable de la voluntad antiimperialista y la autenticidad y significación del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano. Para surgir debió abrir brechas en murallas que parecían inaccesibles, levantar barricadas invisibles, pero poderosas, y sobre todo realizar obras. Recordamos uno de sus primeros manifiestos. El Nuevo Cine Mexicano se remitía a la novela y al corrido de la Revolución, al movimiento plástico más original y significativo de toda una época: el grabado y el muralismo mexicano surgidos con la Revolución y crecidos y afirmados en el clima moral y político de las nacionalizaciones petroleras y la presencia de Cárdenas en la presidencia, y en la historia contemporánea de México.

Pero ha visto más nuestro movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano. Puerto Rico y Panamá, patria ocupada y esclavizada una, parcialmente ocupada la otra, han hecho nacer y desarrollan jóvenes cinematografías que se educan junto al pueblo y sus luchas, ofreciendo denuncia y testimonio como grito de independencia y contribuyendo desde la pantalla a desencadenar esa fiesta de la plenitud que supone la afirmación, reencuentro o encuentro de una imagen, la propia, la de la propia historia, la del pueblo, por largos años ignorada cuando no mancillada por el cine imperialista y sus sucedáneos, que convierten, todavía hoy, al latinoamericano en caricatura y proposición para desprecio y escarnio. Basta que la represión fascista se empeñe en aplastar una cinematografía para que la sociedad latinoamericana se encargue de proteger a los perseguidos y ofrecerles apoyo y tribuna, quiero decir cámara y película, posibilidad de expresión. Cineastas uruguayos y chilenos, bolivianos, argentinos y haitianos, han continuado su obra junto a los cineastas de Venezuela, México, Ecuador y Cuba. Y aun los menos perseguidos ofrecen resquicios de expresión a los que nada tienen. Esa actitud es resultado de muchos factores y en primer término de nuestra historia común, de nuestras tradiciones culturales y de las luchas por la liberación nacional. Pero el Nuevo Cine Latinoamericano, que es parte de unas y otras, instrumenta y estimula este espíritu. De ahí que el cine chileno, primera víctima del fascismo realice hoy, y en el exterior, más filmes que antes de la temporal derrota de las fuerzas democráticas y socialistas, o que el cineasta argentino Raimundo Gleyzer, secuestrado y desaparecido hace años, sea para todos nosotros símbolo de martirologio y ejemplaridad revolucionaria.

Cineastas de México y Argentina, de Panamá, Uruguay, Puerto Rico y Costa Rica, acompañaron a los guerrilleros y tropas del Frente Sandinista de Liberación Nacional en sus combates, y Cuba estaba presente en ellos porque no podía estarlo de otro modo.

Este espíritu solidario, este actuar como latinoamericano y sentirnos cada vez y más, parte de la patria dividida, diversa y una, puestos a sembrar de amistosos puentes todos los caminos, es el resultado de estos años, de experiencias comunes, de existencia misma del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano.

Qué hacer frente a la tenebrosa noche que cierne, temporalmente sabemos, para no pocos cineastas de nuestra América. El cine no sustituye a las organizaciones revolucionarias o a sus destacamentos de combate. Pero el Nuevo Cine Latinoamericano tiene la obligación moral, revolucionaria y política de cuidar de los cineastas de esos países, y de sus obras. Y la solidaridad tendrá que manifestarse asegurando la continuidad cultural, artística, de toda corriente significativa.

¿Qué podrá hacer la pujante cinematografía venezolana, que llega al Festival con tantos filmes y cineastas? ¿Qué podrá el cine colombiano, cada vez más ampliamente representado? ¿Qué podremos los cineastas de México y Cuba, o los cineastas latinoamericanos que trabajan en Estados Unidos y otros países, por nuestros hermanos del Sur de América?

El Nuevo Cine Latinoamericano enfrenta otras tareas y problemas igualmente urgentes y el Festival y las Reuniones y Seminarios que tendrán lugar en su marco pueden tal vez iluminar soluciones y abrir caminos. Es una oportunidad excepcional. Y por eso, al mismo tiempo que nos sentimos esperanzados y entusiastas, queremos subrayar algunas preocupaciones.

No somos pueblos desposeídos o miserables. Nuestra riqueza material es tan grande que las formas más brutales y sofisticadas del robo, saqueo y estafa no han logrado agotarlas. Somos herederos de culturas que crearon tanta belleza y poesía, tanta ciencia y tanta conciencia que sus frutos no podrán ser destruidos. Pero el imperialismo trata de confundirnos, y como buen bribón diabólicamente eficaz no pierde jamás un minuto, un recurso o una brecha. Esta vez recurre a nuevas formas de ignorancia y sapiencia combinándolas hasta convertirlas en veneno.

En atractivas probetas prepara mortales recursos destinados, por no variar el objetivo, a promover la rendición. La ilusión tecnológica y el deslumbramiento de la tecnología tienen más publicidad y mejor lanzamiento que cualquier producto de consumo masivo.

Esta vez no se trata de la fraseología ingeniosa de profesores con vocación exhibicionista o publicitaria. Se trata de negar el valor, la importancia y significación real, inviolable e irrenunciable de la cultura literaria y artística como parte de la cultura, que es también memoria histórica e instrumento necesario a una visión contemporánea y viva, actuante, del mundo. Nuestro cine –e incluyo el cubano– no logrará ser mejor y más eficaz, llegar más lejos y expresar con mayor profundidad, romper cercos y penetrar terrenos que le están prohibidos, si nuestros cineastas, cada uno y todos nosotros, no encontramos recursos, instrumentos y soluciones concretas para elevar nuestra información y formación cultural y artística rechazando la invitación a separarnos de, y a ignorar, las otras manifestaciones culturales y artísticas del continente y las islas, bajo el pretexto de modernidad o antielitismo.

Un elitismo tecnologicista, a-histórico e hijo y propulsor de la tabla rasa ahorra a los vagos el estudio y justifica la ignorancia convertida en vocación política; y si solo esto fuera, serviría a frustrar a cuatro tontos sin mayor consecuencia para nuestros pueblos; pero reduciendo el cine al uso de los medios técnicos más o menos sofisticados, también negamos al espectador las posibilidades de acceso a las riquezas espirituales de las que el cineasta resulta creador, re-creador o mediación.

Por otros caminos, y resultado de urgencias políticas y hasta militares, no pocos de nuestros cineastas se han formado en la línea del frente. Es un hecho objetivo y saludable, pero no tiene porqué resultar definitivo e inmutable.

Por todas estas razones no queremos perder esta oportunidad para decir con todos los cineastas de América Latina un no rotundo al facilismo y la improvisación, un no a la canonización de la rusticidad artística; un no, en fin, a todo riesgo de innecesario empobrecimiento cultural.

Por eso y junto al Seminario que estudiará el cine como expresión de cultura e identidad, y la agresión real y potencial que las transnacionales ejercen sobre la cultura e identidad de nuestros países a partir del dominio y ejercicio de modernos recursos tecnológicos, propongo, discutamos la experiencia y situación artística de nuestro cine, y sus perspectivas a mediano y largo plazo. Esa es una necesidad, creemos, del Nuevo Cine Latinoamericano, una posibilidad y un objetivo de la confrontación que resulte de este I Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, y una aspiración y una urgencia del Cine Cubano en su XX Aniversario.

Hermanos cineastas de Nuestra América, declaro abierto el I Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Bienvenidos a Cuba

Patria o Muerte

Venceremos.

Tomado de: Revista Cine Cubano, No. 97, 1980.