La magia de la animación Ghibli

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En el 2015 unos jóvenes artistas se presentaron en una sala de los estudios Ghibli con un proyecto realizado por inteligencia artificial, el material sería evaluado por Hayao Miyazaki. La respuesta de este genio de la animación japonesa, tras interrumpir la presentación, fue alegar tajantemente que tal exposición era “un insulto a la vida misma”. Algunos comenzaron a pensar en él como un artista conservador, pero no se trataba de eso, la inconformidad de este realizador (Los viajes de Chihiro, La princesa Mononoke, El increíble castillo vagabundo) tiene que ver con su modo de crear y de entender el arte, él es un artesano, un creador que no tiembla al intercambiar las avanzadas técnicas computarizadas de animación por un lápiz de dibujo. Miyazaki concibe un cine del espíritu, personal y vivo. Ha atrapado a lo largo de casi cuarenta años de ininterrumpida producción a públicos de todas las edades y de todas partes del mundo. Cuando se oponía a las asperezas generadas por animación artificial no hablaba solo por él, sino también por salvaguardar la esencia de los estudios Ghibli.

Sin embargo, aunque Hayao Miyazaki se ha llevado el papel protagónico ante cámaras, entrevistas, reseñas y festivales, junto a él había una suerte de “genio en las sombras” que estuvo también a la cabeza del proyecto desde sus comienzos y que lo igualaba en talento y superaba en experiencia. Me refiero a Isao Takahata, uno de los cuatro nombres que aparecen asociados a la fundación de los estudios Ghibli en 1985. En la trayectoria fílmica de Takahata se encuentran títulos que no han dejado de dar a la productora un gran prestigio y reconocimiento. De esta forma, filmes como Mis vecinos los Yamada, La tumba de las luciérnagas o La leyenda de la princesa Kaguya marcan otra ruta estética dentro de la filmografía Ghibli. Si Miyazaki busca lugar en épicos mundos imaginarios, Takahata prefirió la serenidad del costumbrismo y la severidad realista de un cine más íntimo. Si Miyazaki construye sus universos dibujando hasta el último detalle, Takahata, con soltura impresionista, fue por rumbos del minimalismo. Aun así, ambos cineastas confluyen en la idea de enfocar su obra hacia donde no haya más que arte y buen cine.

Isao Takahata falleció el 5 de abril de 2018 a la edad de 82 años por lo que este ciclo que lleva por título La magia de la animación Ghibli y que recoge más de veinte películas, es también un homenaje un artesano y a su obra.

En la muestra están incluidos otros filmes de gran éxito de público y crítica que no fueron dirigidos por estos cineastas. Así es el caso de Haru en el reino de los gatos de Hiroyuki Morita, Cuentos de Terramar de Goro Miyazaki y la que sea tal vez uno de los platos fuertes de esta muestra, La tortuga roja, realizada por un autor holandés y producida por el propio Takahata. Este filme fue su último trabajo y conquistó el Premio Especial del Jurado (Un Certain Regard) en el Festival de Cannes 2016 y una nominación al Óscar en la categoría de mejor largometraje de animación. Otra peculiaridad del ciclo es que se ha hecho una breve pero cuidada selección de algunos de estos filmes para ser exhibidos en la cinemateca infantil y juvenil.

En resumen, hay ante los espectadores de la Cinemateca de Cuba un ciclo único que recoge sin dudas muchos de los filmes de animación más significativos de los últimos treinta años, a la vez que repasa géneros como histórico, fantástico, melodrama o suspenso. También confluyen aquí antiguas leyendas japonesas, mundos imaginarios y tópicos antibelicistas en una fusión atípica entre fantasía y realidad.

Tomado de: Cartelera Cine y Video, No. 154, agosto de 2018.