Memoria de una cierta Sara

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Conocer a Sara y pasar a tomar la decisión del amor sin tiempo, sin las restricciones que la costumbre impone a la pareja cotidiana, fue como abrir un cofre lleno de alegría. Desde la primera gaviota trenzando su magia en la bahía nos amamos, de a primera vista, de a porque sí.

Hoy (porque no ha habido desde entonces un solo día en que no esté a mi lado) llega, desde luego, ahora más tranquila. No como antes donde solía sorprenderme en medio de un sueño donde yo era tres variantes habitables de Lezama Lima, me interrumpía esas estancias donde se abatían los gorriones del Apocalipsis, me apremiaba con cuanto argumento tenía a mano para que me levantase del lecho. Siempre era un discurso interminable sobre el loco programa de un lunes: visitar el puerto, almorzar en el Día del Medio de una "iyabó", cantarle el Réquiem por Ernesto a Furé y a Sergio Vitier. Luego me entraba a empujones en el baño, me ponía la pasta dental en el cepillo (por supuesto, sin ningún concepto de ahorro), me secaba mal el rostro, siempre con la toalla que no era...

Ahora ya no hace nada de eso. En medio de la noche si estoy escribiendo llega como fantasma con olor a canela y a viejos abanicos de sándalo, toma asiento en una comadrita, cruza los brazos por encima de la tenue cabeza de los presagios, todo con calma, sin prisa y comienza a deshojar los momentos más dulces y los tormentosos como si gastara en su boca un caramelo de ámbar. Y nada puede alterar esta promiscuidad, a pesar de que ella es hoy una visión de sí misma, imagen reflejada en ningún espejo, como de agua quieta que a pesar de todo fluye. Suele decirme cómo lo haría si estuviera en mi caso. Me hace ver con todo esto que quien tiene amigos amorosos en la memoria nunca anda solo, ni perdido. Y yo la tengo a ella. Me baila siempre en la cuerda floja de su difícil presencia, vestida con todas sus bellas prendas interiores, esas que son las que pone al descubierto, sobre todo, la muerte.

El día que nos conocimos hubo como un centelleo en medio de la vida. El cielo, a pesar de ser el cielo de nuestros días más bellos, claro y sin nubes, se llenó repentinamente de relámpagos, y los ruidos de los truenos se tragaron todos los otros sonidos ordinarios, sin presencia, sin importancia.

Alguien nos presentó. No recuerdo quién. Lo que sí sé es que Sara me deslumbró con el insospechado misterio de su inteligencia. Me tendió la mano en abandono, sin dejar ni un solo instante de hablar de todo, desplazando su coquetería desde los ojos a sus sensuales gestos y posturas. Sus labios carnosos y minuciosamente dibujados se abrían para dejar en libertad los blancos dientes en una suerte de sonrisa impecable. ¿Quién podía mantener equilibrio ante la rotunda tentación de su boca? La naricita breve, retozando en medio de un gesto inconsciente que un dedo, de mano pequeña, levantaba, haciéndola respingada. Ojos preciosos, con esas pestañas que exhiben solo las hijas de Ochún Colé. Cejas gruesas, salvajes, como codornices en el espanto del inminente sacrificio. Su amplia frente como un campo de esperanzas y victorias mudas. De su pelo habría que hablar en capítulo aparte: una mata fuerte, de frondosidad cerrada, bosque negro, tupido y con güijes y cocuyos. Por aquel entonces lo llevaba bajo el tratamiento neocolonial del desrizado. Más tarde aquella cabellera sería la primera cabellera natural de los negros de mi país. ¡Una revolución dentro de la Revolución!

Me da su teléfono. No tuve tiempo de anotarlo. Nunca he podido retener los números. Muchas veces se me olvidaba el de mi propia casa, por lo que no sabía cómo avisar para que no me esperaran a comer; pero el de Sara se me prendió como broche de obsesión. Por todas partes lo iba repitiendo como canción para que no se me olvidase. La llamé y concertamos una cita, para salir a todas partes. Nos dio por ir al cine, bibliotecas, cuevas de jazz, casa de parientes y amigos, fiestas y el deambular sin objetivo alguno.

En todo esto ella, más tarde me lo confesó, esperaba algo que no acaba de producirse; pero que los dos presentíamos.

—Tal vez la próxima vez... —pensábamos.

Una de esas noches, donde por los jardines del Vedado suele desparramarse el perfume de los jazmines y del galán de noche, íbamos, sin reparar en ello, demasiado unidos. Nos rozábamos, haciendo fuzz, calenturientos en aquel andar despreocupado. Y así llegamos a la puerta de su casa. Había llegado el momento de la despedida y el de tomar, al fin, una determinación. Fue ella la que se me quedó mirando a lo profundo. Allí, de sobrar, hubieran sobrado las palabras. Ella era libre, mucho más que siempre. Aún no se había casado por primera vez. Yo era de temperamento arrebatado, tal vez, un poco como ahora; pero además, yo estaba loco por ella.

Un tiempo largo de mirarse sin decir nada. Ninguno de los dos nos atrevíamos a nada. La iniciativa pasmada, como en suspenso. Poniéndome sus manos, las dos a la vez, sobre los hombros, como si me estuviera invitando a un country dance norteamericano, me sacude.

—¿Qué hay? —me pregunta.

Yo no digo nada. Me latía el corazón fuerte, nublándome la visión, ocultándome el milagro que se me abría ante los ojos, regalo de esta vida o de la otra donde los dioses distribuyen nuestra fortuna.

—¿Cómo será esto, lo nuestro? —insistió de nuevo--. Podemos ser lo que queramos. Amantes sin treguas o amigos sin treguas.

Porque tú me gustas mucho y yo sé que yo también te hago muchísimo ruido. ¿Qué hacemos? Yo no lo puedo decidir todo.

Quizás para hacerme el interesante fue que me puse a delirar en la voz de nuestro poeta Emilio Ballagas.

Soy lo que me destines, lo que inventes... —eso dije.

Se estremeció bajo el alivio de un suspiro.

—Serás mi hermano —sentenció, el hermano que siempre he deseado tener.

Seguidamente me besa, en la cara, al borde de los labios y me cerró la puerta, no en las narices, porque la hoja se desplazó suave, como cuando uno repasa las páginas de un libro valioso.

De regreso a mi casa iba pensando en latidos fuertes. Me acusaba de todo: de comemierda, de sangrón, de ave boba. Me había dado demasiado lija. Mi donjuanismo me había jugado una mala pasada. Me quité la decisión y se la entregué a ella.

¡Coge, por berraco!

Iba desesperado por calles en sombra. No reparaba en nada a mi alrededor. La angustia me mordía el cerebro de oreja a oreja. Todo se me hacía una bola como de hilos enredados. Un tumulto.

Al recodo de una cafetería cerrada un teléfono. Corría a él orando y pidiendo para que no estuviera canibaleado o roto. Echo en la ranura la moneda. Me la devuelve. Estaba roto o lleno. Entonces noto que, a pesar de todo, tiene tono. Disco el número y comienzo a sentir el timbre. Me había comunicado ahorrándome un medio. Uno, dos timbrazos. Sara esperaba al lado del teléfono.

—Dime.              

—¿Cómo sabes que soy yo? —pregunté tembloroso.  

—Lo sé, porque no puede ser otro más que tú, mi hermano, mi querido hermano.

En esto pude constatar lo bien que ella había aprendido a utilizar el efecto de Brecht, el distanciamiento. Silencio. Reflexión. Meditación. No, nada de eso. Algo comienza a relajarse en mí. El corazón ya no late más a toda prisa. Dulce nombre el de Sara. Sí, mar en calma. Curiosidades del trópico en la noche. Azul, el cielo continúa siendo azul aún en la noche. Y es que cuando levanto los ojos buscando una respuesta allá en los otros universos, descubro a Venus, ese astro que es ella para mí, porque en nuestro panteón debería llamarse Ochún. No somos griegos; pero sí adoramos nuestros íconos negros, indivisibles, todo aquello que nos explica…

—Mañana, ¿a qué hora nos vemos? —dije eso, por decir algo.

—Siempre voy a estar esperando por ti —me respondió.

Ella no esperó por mí para colgar el teléfono.

Así comenzó nuestra amistad que sorteó los más diversos escollos, sobrevivió sus grandes naufragios y se enfrentó a todo tipo de incomprensiones, calumnias, odios, chantajes, claudicaciones, mentiras, partidas, nacimientos, la muerte.

Hay un tiempo en que nos veíamos solamente a retazos en las colas de los mercados o en el Ten cents de la Copa. En ese tiempo vivíamos muy cerca; pero no nos visitábamos. Ella ya estaba casada. No sé por qué nos nos visitábamos. Sara estaba preñada. Su estado la hacía comer chucherías al por mayor y tomar refrescos interminablemente. Fue por esa época que le descubro el asma. Un asma casi perenne, pero sin quejas; más bien la sorteaba como mal irremediable, como si no quisiera darse cuenta de que se estaba ahogando a cada instante y, con ello, se iba desgastando día a día. Sara era dominante. No solo era capaz de dominar a todos los demás, sino también a sí misma. Aceptó las reglas de juego: no reparar nunca en su asma. Podíamos hasta ir a cualquier sala de urgencia y ella se aferraba al aerosol, sin dejar de hablar de otra cosa que no fuera el trabajo, las gentes, la vida.

Sara siempre estaba trabajando. Siempre andaba dándole vuelta a los temas de la vida cotidiana que pensaba plasmar algún día en sus películas. Sabía que el documental, por ejemplo, de una fábrica tenía como fondo, como escenografía, los procesos y los instrumentos de trabajo. En primer plano estaba la gente y lo que a esa gente le pasaba. No sabía cantar a la Revolución, sino hacerla desde dentro, sacando a la luz tanto lo bueno anónimo como lo mal hecho anónimo. Sabía darle nombre a las cosas de la Revolución; pero con vocación por la verdad.

Hacer la saga cinematográfica con Sara fue una maravilla. Ella se metía en todo, manejaba la vida de sus amigos (en la mayoría machos, muy pocas mujeres gozaron de su amistad), se la distribuía. Si a Titón (el cineasta Tomás G. Alea) le sobraba el arroz, ella se lo quitaba para dárselo a Yuyo (la madre de los "Guapachá", Amado y Pedrito). Si alguien de nosotros tenía algún dinero de sobra estaba obligado a ayudar económicamente a alguien. Es más, en casa de Sara había como un “banco de canastilla" para todo amigo al que le naciera una criatura.

De otra parte, Sara era una socióloga nata. Le encantaba meter las narices en los mundos más enrevesados. La investigación en lo humano era su fuerte; pero sin premisas. Trataba de ser objetiva a la hora de sus análisis, No se parcializaba. Dejaba que los fenómenos a los cuales se enfrentaba expusieran sus leyes. Sin embargo, no era empírica, en toda aquella apariencia de locura había método, rigor, la ideología con que formulaba sus planes era orgánica, nunca venida de afuera. Había sido alumna del Seminario del Instituto de Etnología y Folklore. Se formó con y al mismo tiempo que lo hicieron Furé, Alberto Pedro y Miguel Barnet. Ella, a la salida de estos seminarios, se refugió en el cine. Y el cine fue el mejor instrumento que ella encontrara para su eterna indagación humana. Buscaba la verdad a través del lente, verdad casi siempre polémica, como para buscarse problemas. No iba de lo conocido a lo conocido, ella se imponía como premisa el más inocente "no sé" y, a partir de ese momento, se daba a la tarea de inquirir desde dentro.

En esas correrías de salir a buscar los tesoros que hay escondidos en las personas más intrascendentes me vi arrastrado más de una vez. Le fascinaba el llamado "ambiente", es decir, el mundo marginal y con su instrumento, el cine, dejó testimonio de todas esas aventuras y, por ende, de lo popular.

Más, la primera indagación la realiza Sara en la propia casa. Introduce, con resolución y valentía, la cámara en su compleja vida familiar. Complica a todos sus mayores en este asunto. Desmitifica los panes sagrados y hace la leyenda de lo que ha permanecido abandonado en el último rincón por pretensión pequeñoburguesa, estiramiento o amulatamiento ideológico. De este inquirir en gavetas, cofres y baúles y retratos a carboncillo sale el poema cinematográfico Crónica de mi familia. En este documental Sara, con gran desgarramiento, eleva a la categoría de primer plano, todo aquello que su familia escondía en el último olvido... Hay una de las tías. Un personaje que se integra como puede a la nueva vida, a pesar de una procedencia exageradamente asumida, algo por violencia, algo por defensa contra la incomprensión. La tía, santera por religión y por cultura, exprostituta... Aquello provocó un escándalo, preámbulo de aquel que provocaría más tarde su maravilloso documental, destronador de poses clasistas, sobre todo, aquellas que provienen de la pequeña burguesía, Mi aporte.

Una noche, como que en juego, me propone escribir el guion de un filme, su primer largometraje. Empezamos a componer la trama y los personajes a partir de nuestras propias experiencias. Ella me contaba de sus alegrías y dificultades con un amor proveniente del "ambiente", de filiación "abakúa". Me hablaba de los tabúes que había en aquella relación y, sobre todo, del machismo. Por mi parte yo también me ponía en juego. He conocido también la mujer machista, aquella mujer que asume y patrocina el cuito al macho, aquella que lleva la violencia al mismo grado afín a la violencia de la secta que solo permite la presencia exclusiva de los hombres; pero sin que esto mismo pueda evitar que las mujeres manejen secretos (como la violación de tabúes) para chantaje o para hacer sobrevivir el amor.

Esa noche nos estábamos poniendo en juego, juego secreto, “solo para locos”; pues los niños dormían, y Germinal, su marido, también. Nosotros en la sala conspirando con el filme.

—Vamos a hacer una película sobre una pareja jodida —me dice. Él tiene que ser de procedencia marginal, del “ambiente". Tiene que llevar diente de oro —se ríe— y ella jodida por su clase media. Una blanquita con un “jabao”...

—¿Y por qué no un negro? —pregunté.

—Sería demasiado —contestó ella— y queremos ver la película estrenada, ¿no?

—¿Cómo se encuentran esta gente? —pregunto—. Aquí sí que no pueden existir casualidades.

Ella es maestra y trabaja en la escuela primaria del barrio donde vive el tipo.

—¿Imaginación? —comenté más que pregunto—. ¿Conoces a alguien así?

—Sí, conozco a una maestrica.

—¿Se puede ver?

—Cuando tú quieras —me contesta.

—¿Actores? —sin creer mucho en que el filme se pudiera llevar a cabo verdaderamente.

—¿Por qué? —preguntó y después cogió su aparato y atomizó en su boca.

Tose un poco y se recupera de inmediato.

—Es mejor saber desde el comienzo para quien uno escribe o construye un personaje.

Mueve despreocupadamente las piernas y echa a un lado el atomizador; luego tiene un espasmo breve de tartamudeo y me dice con algo de agresión:

—Sí, sí, ya sé a quien quieres para el tipo.

—No he pensado en nadie —le digo fingiendo.

—Vamos, hombre, que te conozco —relajeándome—. Sé que quieres a Mario para el personaje.

—No sería mala idea —actúo la sorpresa sin dejar de fingir—, es muy buen actor...

—...y tu socio —sentenció completando la frase.

—Es mi socio —admití—; pero si fuera mal actor no hacía el papel.

—Está como pintado para el papel —dijo casi en reflexión—. El también tiene su veta ambiciosa. Nació en Carrauao en el mismísimo corazón del Cerro. Está bien; pero la jeba la pongo yo.

— ¿Quién? —indago en guardia; pues yo tenía mi selección repartida entre algunas amigas actrices.

—Una carretilla. Una actriz que es meao puro. Se llama Yolanda. Es invadora, pues viene de lo más profundo de Guantánamo.

—¿Y si es una carretilla como podrá darnos la clase? —le pregunté algo molesto por estimar su elección desatino descontrolado de Sara—. ¿Cómo podrá dar la clase media?

—Para eso es actriz —lo dijo sonriendo sin asomo de duda.

Esa fue la primera sesión de trabajo para el guion de nuestro filme De cierta manera. Salí de la casa de Sara como a las tres de la madrugada; sin embargo, a las diez de la mañana ya estábamos en la Academia de Ciencias buscando a Alberto Pedro. El sería nuestro asesor.

Alberto Pedro y Sara se enredarían en toda la fundamentación y en el aspecto documental que tendría, en muchas partes, la película. La trama, su ficción, sería un asunto mío.

De esta manera se fue conformando todo nuestro equipo de trabajo. Todos nuestros amigos tendrían participación en el filme.

Germinal, el marido de Sara, sería el sonidista. Amaury Pérez Vidal era casi un niño, pero fue el asistente de sonido del filme, Sergio Vitier tendría a su cargo la música. En cualquier momento Leonardo Acosta tendría que desenfundar su saxofón tenor, además de encender su farolito racional de vez en cuando.

Luis García, Iván Arocha, Caíta, Nancy Morejón, Rogelio M. Furé y Tomás Gutiérrez Alea (Titón) este último sería el tutor de toda esta aventura. A él y a Julio García Espinosa les tocó hacer la edición definitiva cuando Sara fallece.

En realidad aquel grupo era bastante heterogéneo; mas teníamos en común la búsqueda de nuestra identidad, aquella que atesoran los más humildes, la razón de ser de la Revolución.

El guion fue escrito en tiempo récord. Había demasiado entusiasmo. La casa de Sara estaba siempre como en una fiesta. Sara realizaba su primer largometraje y ¿quién no iba a contribuir con algo para que aquel proyecto cuajase?

Sergio llenaba la noche con grandes acordes en su guitarra. Recreaba variaciones para el tema de Véndele, música de Guillermo, exboxeador, cantante, que también actúa en el filme, y letra mía. Sergio bebía en el fondo de lo más popular con mucha humildad, con mucho amor. Dejaba fluir lo popular sin alterarlo, sin floreos innecesarios, sin adornos, asumiendo la belleza ya manifestada. Por todo esto la música es uno de los personajes que habla con voz propia, cuenta lo que está pasando, sabe lo qué dice y por qué lo dice.

Para el filme tuvimos que dar muchas carreras. No sé de dónde Sara sacaba tanta energía, tanto optimismo, siempre segura, desde el primer instante del buen resultado. Creo que mucho de esto se debía a que Sara no estaba sola. Alfredo Guevara, a pesar de todas sus ocupaciones, estaba pendiente, y entusiasmado con aquel trabajo, el primero de Sarita. Recuerdo que él quería que el filme se hiciera a color y que fue Sara la que insistió en hacerlo en blanco y negro. Ella quería hacer su filme lo menos costoso posible.

De cierta manera no tuvo que enfrentarse a ninguna comisión censora. Alfredo había aprobado todo sin poner reparo. Solo Julio García Espinosa no estaba de acuerdo con el final. Para solventar el asunto escribí en solo una noche unas diez variantes para el final. No obstante el final fue la combinación de varias de estas variantes. Teníamos prisa, no podíamos perder el tiempo en discutir o en ponernos a teorizar.

A pesar de su realización, ya que Sara no pudo editarlo, De cierta manera resultó ser un filme popular. A mí, ni a sus colaboradores más cercanos, se nos permitió entrar en el cuarto de edición. La película que pensamos para dos horas, contada en la forma muy peculiar de Sara, quedó reducida, por obra y gracia de su edición, a una hora apenas. No obstante, se salva por la fuerza y veracidad de las imágenes, la solidez de sus argumentos y por su tan completo análisis sobre el proletariado de origen marginal.

La última vez que vi a Sara fue unos pocos días antes de su muerte. Su pequeño hijo, Alfredo, había salido felizmente de una intervención quirúrgica. Sara, en aquella oportunidad me contó de un sueño que había tenido.

—Yo entraba al cementerio con Alfredo en brazos y todas las tumbas estaban cubiertas con inmensas sábanas blancas —sonrió suavemente, en un suspiro—. Ya sé que Alfredito no se muere; pero de cierta manera el sueño no me gusta.

—¿Por qué? —le pregunto al verle en el rostro reflejada la mucha preocupación.

—Por mí —me respondió.

—¡Ay, no jodas, Sarita! —fue lo único, que pude gritarle.

Dos días después Sara moría de un ataque de asma, realizada como negra, como mujer, como artista, como madre, como revolucionaria...

Tomado de Revista Cine Cubano, no. 127.