Una reina desoída

Todos estamos empapados hasta el hueso. Afuera llueve torrencialmente como si nunca fuera a escampar. En los dos cuartos no muy amplios nos hemos dividido por sexo y nos vamos des-pojando de nuestras ensopadas ropas. Manolo Granados ha sacado ropa suya y de su mujer de los armarios, y nos vestimos con lo que aparezca y nos venga de algún modo. Alguien ha hecho té y se ha abierto una botella de aguardiente. Nadie se mira a la cara, pero no cesamos de hablar. Nadie quiere tampoco que escampe. Hemos perdido todo apuro. Al rato estamos regados por toda la pequeña casa fumando y bebiendo. Se prepara algo de comer. Aún se mantienen sollozos que no intentan ser sofocados y remembranzas varias que hacen surgir sin darnos cuenta, de pronto, el toque de alguien sobre la mesa, el respaldar de una silla y las paredes. Alguien palmea aquí cerca, una deja oir su voz entrecortada en un canto patético y hermoso, primero bajo, otro le hace coro y todos nos vamos sumando sin notarlo apenas, a como podemos y la emoción nos dé. Esta vez aunque se mencionen deidades no es en honor a ninguna de ellas, sino como cumplimentando como un simple mortal que está presente en todos los corazones y en los labios aunque acabemos de llevarla, hace tan solo un rato bajo el aguacero, a su último reposo.

Aún la veo hermosa y joven al comienzo de los años 60, casi siempre acompañada por otra joven y hermosa muchacha, cuando no iban escoltadas ambas por el pretendiente de turno; a cualquier hora del día o de la noche, en la Biblioteca Nacional, en los cine-debates de los domingos, en un concierto, en una exposición de pintura singular y en el mejor estreno teatral. O simplemente dejándose ver en cualquier esquina de la ciudad para provocar la envidia de las otras papillas que no estaban tan a la moda o el arrobo de nosotros los varones que no perdíamos la oportunidad de piropearlas de cualquier modo y conseguir a cambio una sonrisa entre jovial y desantañada, pero esquiva a la vez, como de reinas ante súbditos de baja estirpe.

De repente, una tarde de domingo en la cafetería Wakamba del Vedado, logré franquear los obstáculos que me impedían un acercamiento a ellas. El ir de la mano de Nancy Morejón, otra “reina desoída“, me dio el salvoconducto necesario para penetrar en sus cotos privados. Supe entonces que eran Sarita y Lalita (Inés M. Martiatu), tan idénticas en belleza e ímpetu juvenil al enfrentar los problemas y a la vez tan diferentes en carácter que se complementaban. Desde el primer día advertí que Sarita al expresarse con la misma tranquilidad en la cara, como si ordenara las compras en su casa, sabía levantar ronchas y provocar heridas con su hablar de pensamiento fluido y de forma como encasquillada. Luego descubrí que esto último era producto del asma que le aquejaba, pero que lo dejaba a uno como boquiabierto por lo acerado e inusual de su alcance. Y luego venía atrás Lalita, con la misma fiebre de expresarse, pero con una sonrisa que parecía querer soplar sobre la llaga formada antes, pero con la cual en verdad restallaba con una lógica de acción aplastante y clarificadora. Claro que el orden podía invertirse y ahora era Lalita la que iniciaba el combate y Sarita quien la secundaba. Pero francamente eran tan encantadoras como un verso sutil y brillante que nos embriaga y que nos provoca un cierto misterio y temor de ánimo ante todo lo que puede develarnos y ante el cual no podemos sustraernos.

Aquella conversación iniciada entonces y que versó sobre la poesía cubana de aquel momento, tan debatida, se prolongó con Sarita en otras, igual de polémicas y esclarecedoras. Debo confesar que nunca recibí en carne propia, de frente, un dardo de los que también ella sabía lanzar sobre los demás, aderezados de humor y siempre de un sano afán de lograr enmiendas en los tocados. Quizás eso nos acercó y muchas veces me descubrí en nuestros encuentros, compulsándola a una observación mordaz y al conseguirlo me reía con estruendosas carcajadas. Ella, me miraba entonces como condescendiendo con una angelical sonrisa. "Es verdad que sigues siendo un guajiro santiaguero. Suelta los ariques, muchacho". En esos momentos y en otros era de una dulzura y placidez insólita y en quien siempre parecía estar en lucha con la parte del mundo que lo hace todo mal.

Un día, a la puerta de la Cinemateca me invitó a ver alguno de sus documentales en una salita del edificio del ICAIC al día siguiente. Era un gran honor. Seguro estarían allí muchos amigos comunes. A las diez de la mañana estábamos ella y yo solos en el lugar. "Vamos a empezar", me dijo, "¿y los demás?", le pregunté. "Tú solo", respondió. No sé si le hizo lo mismo a otros, pero a partir de entonces me sentí como un elegido de su dan, aunque no compartiera con ella todos los días.

Vimos los documentales y al terminar y encenderse la salita estaba junto a mí entre orgullosa y ansiosa, tan frágil que me parecía poder derrotarla con un soplido. No recuerdo las lindezas, y boberías que le dije aquel día, si era lo que esperaba o algo nuevo para ella. No creo lo último. Lo nuevo realmente estaba en lo que había visto, Crónica de familia, La otra isla y Una isla para Miguel me abrieron otra visión de lo que podría ser nuestro cine. La nostalgia y la ternura en el primer documental servían para mostrarnos, con cierta ironía, una faceta dócilmente escamoteada aún por nosotros mismos de la realidad y los sueños de la sensibilidad del hombre negro en Cuba. Los otros dos eran una punzante y polémica indagación entre los jóvenes de entonces y sobre la realidad, nada placentera, pero sí muy verídica y que solo ahora en la realización de los jóvenes cineastas de los Hermanos Saíz ha encontrado eco expresivo.

Luego vi nacer y crecer en sucesivos rushes y finalmente en su estreno público a De cierta manera, un filme en cuyo derrotero nadie ha ido más allá ni ha logrado una visión tan popular, desacralizadora y humana de una porción de nuestro contexto muy fundamental y poco escudriñado, sin prejuicios y con profundidad. Hechos trascendentales en sí dentro de la tradición y renovación popular cultural como los que representan estas realizaciones fílmicas, son puntales que nos han ayudado como creadores y ciudadanos a intentar ser más legítimos en nuestro diario quehacer.

Y he aquí que estamos ahora todos reunidos, tratando de suplir, la falta física de alguien que, sin darnos cuenta, ya forma parte de lo que somos. Y de quien es de lamentar la brusca ruptura de una trayectoria artística de promisorios alcances, de un ser humano íntegro y vital, sin afectaciones populistas, pero sí de una fuerte raigambre cubana, capaz de por un rato volver a estar entre nosotros, mordaz y sonriente, tan solo para dejar constancia fílmica y disfrutar ella también de lo lindo de lo que en aquella casa, bajo el aguacero que no cesa, sus consternados y afligidos amigos "celebramos" en su honor.

Tomado de Revista Cine Cubano, no.127.