Viviendo con el enemigo

The Aftermath: un drama a vuelapluma y la emoción congelada

Jue, 17/09/2020 - 08:56

Luego de un interesante debut cinematográfico con Testament of Youth (2014), adaptación de las memorias de la inglesa Vera Brittain, escritas durante la Gran Guerra y poco después, el realizador británico James Kent parece obsesionado con los dramas de tema bélico.

En su segundo largometraje, The Aftermath (Viviendo con el enemigo, 2019), incursiona en un contexto no menos convulso que el de su anterior película, la Segunda Guerra Mundial, en específico, el período más inmediato de posguerra. En Hamburgo, Alemania Occidental, durante los primeros meses de ocupación aliada y todavía bajo el asedio de los focos de resistencia de la Werwolf, una historia de amor se fortalece en la pérdida y el duelo, en el descubrimiento de que hay maneras de compartir el dolor común, aun en la emergencia de las contradicciones.

Rachael Morgan (Keira Knightley) decide acompañar a su marido, Lewis Morgan (Jason Clarke), un coronel británico encargado de supervisar el reordenamiento social y la reconstrucción de Hamburgo. Ambos son hospedados en la mansión que han destinado para ellos, confiscada a Stephen Lubert (Alexander Skarsgård), arquitecto alemán que de modo indirecto ha colaborado con sus proyectos civiles al régimen hitleriano.

Mientras el marido deberá lidiar con las problemáticas en el ejercicio de su labor militar, los interrogatorios a los prisioneros alemanes y contener los atentados de la Werwolf a los oficiales británicos, el rencuentro servirá para poner al día una relación matrimonial marcada por el desgaste y el distanciamiento que supuso en ellos la muerte de su único hijo durante un bombardeo alemán al Reino Unido.

Al mismo tiempo, Rachael no se adapta a la idea de compartir la nueva casa con el anterior propietario y su hija Freda (Flora Li Thiemann), pero las desavenencias iniciales desaparecen cuando se convence de que en la vida de ambos los efectos de la tragedia y el dolor común ante la pérdida son capaces de superar la idea de saberse posicionados en bandos contrarios: Lubert es un viudo solitario que ha perdido a su esposa bajo las bombas aliadas. De las rencillas sobreviene la certidumbre de que es posible abrir una nueva puerta al amor mientras las sombras quedan atrás, lo más apartadas posible en el pasado.

Lo primero a destacar de la película es la estructura del guion. Aun cuando la historia no esconde su sabor trasnochado, estilo novela romántica decimonónica, los guionistas Joe Shrapnel y Anna Waterhouse —quienes se basaron en la novela homónima de Rhidian Brook— tienen a bien dosificar los accidentes narrativos, sobre todo aquellos que, de las subtramas, responden a los detonantes del conflicto principal: la relación de Freda con Albert (Jannik Schümann), el apuesto mozalbete de la Werwolf, y su tentativa de asesinar a Morgan; el acoso moral a Lubert por parte de los oficiales británicos; los motivos que justifican las salidas de Morgan para dejar a solas a su esposa —con todo lo que pueda de objetársele de lugar común— como antesala al adulterio y así desatar los móviles para un posible cataclismo matrimonial.

Sin embargo, en ese afán de planificación milimétrica, la linealidad expositiva deja muy poco margen a la intensidad de la emoción. Pareciera como si los guionistas olvidaran que, en materia de historia de amor, no hay razones para temer que de vez en cuando el papel en blanco puede embarrarse, al menos un poco, de tinta melodramática. El filme se escuda todo el tiempo en la sobriedad de un registro emotivo que niega el involucramiento total, la posibilidad de una empatía que sacuda hasta los tuétanos.

Hay, sí, momentos de sublime pulcritud narrativa, sobre todo cuando el clímax propone un giro, justo, en la exploración psicológica del personaje de Jason Clarke. El hombre parco, en su aparente rudeza militar, termina confesando que toda esa pose no es más que un escudo, una estrategia de resiliencia que le ha permitido sobrevivir a los embates de la vida. En ese desmoronamiento interior la película tiene su mejor brillo, de ahí en lo adelante el camino a la reconciliación matrimonial es pan comido y nada hará la película por sorprender al espectador respecto a su final.

Notable: la dirección de actores. Keira Knightley, que está muy bien, sigue siendo una actriz de vuelos mayores aun cuando prefiera lucirse muy poco en un filme como este. Clarke destaca en su circunspección, es un actor que sabe “ponerles” a sus personajes, aunque no ha tenido la buena suerte todavía que lo catapulte a un estrellato mayor. Sin embargo, no me conformo con los tonos medios del sueco Alexander Skarsgard y el alemán Jannik Schümann. Del primero no hay modo que sienta alguna empatía por su personaje, del segundo lamento el desempeño episódico que limita sus potencialidades.

Lo mejor de la película es su dirección de arte: las experiencias en Testament of Youth han sido asimiladas de un modo magistral y Kent sabe sustraerle al máximo a su equipo cada esfuerzo por lograr la credibilidad, el más mínimo detalle en la reconstrucción epocal. En esto la cinematografía de Franz Lustig tiene su crédito ganado, muy poco debo reprocharle a una película que se esmera en la composición del cuadro, en la meticulosa edición que no deja fisuras al sobresalto.

Mi reparo está en una sola escena en la que apenas el punto de vista de la cámara se anticipa para mostrarnos aquello que ha asombrado a Morgan cuando entra a la sala de la mansión. En ese giro, la cámara incorpora —o al menos simula— una simetría con el punto de vista del personaje, cuando en realidad ha quedado claro que todo eso que vemos no pasa desde la subjetividad, sino desde la focalización espectatorial, prácticamente inmutable a lo largo del metraje. 

Te digo mi nota: de 5, un 3.

Para un drama que se cuida de sorprendernos mientras discurre a vuelapluma, me parece un despropósito que James Kent haya dejado las emociones congeladas bajo la nieve de Hamburgo.