Identidad promocional del Toronto International Film Festival

Cine latinoamericano de viaje de Toronto a La Habana

Jue, 10/10/2019 - 08:42

Ninguna garantía existe de coincidencia entre las nóminas y propósitos de uno y otro Festival, y los grandes medios insisten en que Toronto debe verse como adelanto de lo que consagra, unos meses más tarde, el Oscar. Ambos festivales pueden tomarse como termómetro del Cine Latinoamericano con aspiraciones de trascendencia internacional y seguramente hay alrededor de una decena de títulos procedentes de Brasil, Cuba, Argentina, México, y otros países del área, que llamaron poderosamente la atención de los organizadores de la edición número 44 del Toronto International Film Festival (245 largometrajes y representación de 84 países) y es probable que aparezcan en la próxima edición, en diciembre, del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana.

Con la entrega, al filme brasileño Pacificado, de la Concha de Oro en San Sebastián y los premios de mejor fotografía y actuación, se confirmó el avance internacional del cine brasileño a lo largo de 2019, algo que proclamaban a gritos los festivales de Cannes y Toronto, entre otros. Uno de los estandartes de la renovación, variedad y calidad generalizada en aquella cinematografía vino a ser el singular western político Bacurau, codirigida por Kleber Mendonça Filho (famoso mundialmente por la anterior Acuario) y Juliano Dornelles (quien fuera diseñador de producción en aquella película y en la anterior Sonido en derredor). Ambos realizadores, también guionistas, impusieron una estética que asume códigos del cine de horror, e incluso el agresivo formalismo del cinema novo, en vertiente Glauber Rocha, a la hora de revelar las angustias, miserias y rebeldías en un pueblo olvidado del nordeste. Enriquecen el tejido referencial, con toques surrealistas, la presencia de la incombustible Sonia Braga y UdoKier, quien vuelve a interpretar a uno de esos malvados de antología que lo hicieron famoso.

 

Uno de los valores más seguros del cine brasileño, Karim Aïnouz (Madam Satá, Abismo plateado) puso de manifiesto su capacidad para el melodrama contenido con La vida invisible de Eurídice Gusmão, la infortunada historia de dos hermanas, y la relectura en femenino de la historia del hijo pródigo, en el Rio de Janeiro de los años cincuenta. Protagonista femenina porta también Três Verões, de Sandra Kogut, con la siempre brillante Regina Cassé, quien interpreta a la cuidadora de un lujoso condominio playero, a lo largo de tres veranos, como dice el título, entre 2015 y 2017. Similar a Roma en cuanto a la denuncia sutil de las diferencias sociales entre patrones y empleados, el filme brasileño opta decididamente por la comedia, y por la oda a la lealtad, el buen talante y el espíritu emprendedor de la protagonista, mientras se refiere, en segunda instancia, a escándalos de corrupción que engrosan la agenda noticiosa diaria de los medios brasileños.

En coproducción con Brasil, y la participación de Francia y Cuba, se realizó Wasp Network o Red Avispa, dirigida por el francés Olivier Assayas, quien adaptó para el cine el libro de testimonio Los últimos soldados de la Guerra Fría, del escritor brasileño Fernando Morais, y filmó en Cuba para conferirle mayor autenticidad al relato. Y aunque en el Festival de Toronto o en Venecia, casi todos los reportes se concentraron en el vestido que llevaba Penélope Cruz en las respectivas premieres, alcanzó alto impacto el conjunto de talento latino dentro de un elenco que incluyó al venezolano Edgar Ramírez, el mexicano Gael García Bernal, la también cubana Ana de Armas y el brasileño Wagner Moura. Merecen elogio estos miembros del elenco, a veces subutilizado, sobre todo cuando el reto provenía de conferirle entidad coherente a personajes muy conocidos por los cubanos, pero que el filme y los actores deben explicar de manera plausible a los públicos del mundo entero, en muy pocos minutos.

Del cine cubano independiente, hasta su estreno mundial en Toronto, y seis años después de iniciar la producción, hizo su recorrido Agosto, ópera prima del documentalista Armando Capó, quien se inspira en su propia adolescencia, para hablar de traumas sociales, políticos, filiales y personales a principios de los años noventa. La cámara sigue el deambular de un muchacho, llamado Carlos, que se enfrenta al perturbador incremento de la migración en balsa, a Estados Unidos, y por tanto, debe asumir el final de algunas amistades, la familia fracturada y el caos reinante en su pequeño pueblo costero. Precisamente la imbricación entre lo íntimo y lo social padece de algunas tensiones dramatúrgicas en un filme a destacar por el sosiego y delicadeza de su reflexión sicosocial, dentro de una narratividad cuya parsimonia a veces discursa sobre el vacío y la nada cotidiana, además de la atractiva visualidad, cundida de luz tropical y del azul del mar y el cielo.

Algunos medios proclamaron como el rey de Toronto 2019 al mexicano Gael García Bernal, quien además de estar en los repartos de Red Avispa de Oliver Assayas, y Ema del chileno Pablo Larraín, estrenó como director Chicuarotes; en la cual se estudia la mentalidad de dos adolescentes pertenecientes a las clases más bajas de la sociedad, muchachos que devienen payasos o delincuentes en el intento por salir del barrio marginal donde viven. El filme se ubica en una vertiente de cine social, bastante frecuente en México, y complementa ideas sobre diferencias de clase que figuran también en clásicos como Amores perros o Y tu mamá también, ambos con protagonismo de García Bernal, e incluso en obras más contemporáneas como Mano de obra, de David Zonana, también vista en Toronto y que habla sobre los humildes constructores de una mansión lujosa, uno de ellos tiene un accidente de trabajo y muere, otro de ellos espera por la oportunidad para compensar la desgracia.

En un papel secundario de Chicuarotes aparece el también muy reconocido Daniel Giménez Cacho, quien interpreta un personaje importante en la polémica El diablo entre las piernas, que dirigió el legendario Arturo Ripstein, en deslumbrante blanco y negro, y escribió su permanente aliada Paz Alicia García Diego, para hablar con provocativa elocuencia sobre la sexualidad enloquecida en una pareja de ancianos. En desequilibrio constante entre la comedia negra y el melodrama de Amourfou, el filme de Ripstein se extiende inmisericorde durante 147 minutos, cuando la mitad de ese tiempo pudo bastar, en manos de un director y editor menos complacientes, para contar la misma historia, recrear similar atmósfera y conmovernos con la tragicomedia de estos grandiosos personajes, sobrecogidos por la vejez, y negados al conformismo de aceptar la ausencia de deseos o de placer carnal.

Y si hablamos de la trascendencia internacional de los intérpretes mexicanos, debemos dedicar unas palabras al drama filial Ema, la tercera colaboración del mexicano Gael García Bernal con el chileno Pablo Larraín luego de las memorables No y Neruda. En este caso, el famoso actor interpreta al esposo de la protagonista, un coreógrafo de danza moderna cuyo matrimonio está en crisis debido a una serie de incompatibilidades con su pareja, además de la crisis que sobrevino cuando el hijo adoptivo le prendió fuego a la casa. Filme complejo, conscientemente desvinculado, por lo menos en apariencia, del pasado político chileno, Ema puede significar un nuevo punto de partida para Pablo Larraín, también autor de las imprescindibles Tony Manero y El Club.

Y las sombras del pasado siniestro parecen bien alargadas en la otra película chilena presente en Toronto: el thriller sicológico Araña, dirigido por Andrés Wood, cuya necesidad de comprender y asumir traumas del pretérito aparecían también en la anterior Machuca (2004), el filme que colocó al cubano Eliseo Altunaga como un imprescindible del guion cinematográfico en Chile. Los protagonistas de Araña pertenecieron, en los años setenta, a un grupo derechista empeñado en defenestrar el gobierno de Salvador Allende. Cuarenta años después, cuando todos se han convertido en gente de respeto, muy interesada en el olvido y la desmemoria, la policía descubre un arsenal en la casa de uno de ellos, y entonces sale a la luz el miedo por la resurrección del pasado y de la aberrante ideología de la que fueron cómplices.

La emergencia chilena, solo comparable con la brasileña, también contaba con un ejemplo de cine dirigido por realizadoras. Nada menos que en la comedia musical, con algunos matices de cine social encaminado a denunciar la explotación de los migrantes, incursiona María Paz González con Lina de Lima, sobre una peruana que trabaja en Chile y regresa a su país llena de esperanzas, pero se reencuentra con un medio hostil y materialista que la rechaza. De todos modos, la historia se cuenta desde el humor, la gracia y la ligereza, pues la protagonista es capaz de ver algunas situaciones de su vida a la manera de los más coloridos y barrocos videos musicales. Singular y estimulante resulta esta coproducción chileno-peruana, que puede marcar nuevos derroteros formales y genéricos para las consabidas agendas sociales del Cine Latinoamericano.

Y si el musical es un género que pudiera avenirse al contenido social de un filme, el horror viene constituyendo, desde hace diez o quince años, una plataforma sobre la cual se desarrolla una parte importante del cine de autor e independiente en América Latina. En Toronto estuvo La Llorona, con la reinterpretación del mito de la mujer fantasma y asesina, por parte del guatemalteco Jayro Bustamante, quien trasplanta esa leyenda mexicana a la Guatemala que intenta restañar las heridas causadas por el latrocinio de la Guerra Civil, y entonces los horrores se vuelven realidad, pasado tangible en las noches de personajes asolados por la culpa y la mala conciencia.

Otra institución del cine latinoamericano, Ricardo Darín, el protagonista de filmes tan célebres como El secreto de sus ojos y Relatos salvajes, alguien que llegó incluso a interpretar el papel de presidente argentino en La Cordillera, también marcó el paso en Toronto cuando decidió actuar junto a su hijo en la comedia de ladrones La odisea de los giles, de Sebastian Borensztein, que regresa al momento más duro de la depresión económica, en 2001, con un grupo de perdedores que espera por una oportunidad para revertir la suerte, como también ocurre en la película mexicana Mano de obra, antes mencionada.

La muy popular y aplaudida La odisea de los giles se ambienta en 2001, y unos años antes ocurre la trama de Las buenas intenciones, ópera prima semiautobiográfica de Ana García Blaya, quien prefiere discursar sobre la disfuncionalidad familiar y la separación entre un padre y sus hijos cuando la madre separada decide llevarlos a Paraguay. El grupo de tres generaciones de mujeres unidas por vínculos familiares es sometido a escrutinio en Los sonámbulos, de la aplaudida Paula Hernández, quien se vale de las diferentes edades de sus personajes para hablar sobre deseo y sueños, represión y libertad.

En Toronto primero, y en La Habana después, descubrimos o descubriremos un cine latinoamericano interesado en representar, con fuerza y verismo, a los habitantes de esta parte del mundo, sus angustias, sueños, derrotas y laureles, a través del lenguaje universal de las imágenes en movimiento, un lenguaje que enriquece nuestras vidas y enaltece la herencia multicultural de cada nación.

(Tomado de La Jiribilla)