Colina

Cuando muere un maestro

Vie, 30/10/2020 - 08:10

Enemigo como era de la altisonancia, la solemnidad y el melodrama lacrimógeno, Enrique Colina esbozaría una sonrisa burlona, disconforme, si leyera esta nota y se desbordara la compostura y la racionalidad que lo hicieron célebre, en el ambiente cinematográfico cubano, desde que debutó como documentalista en 1984, luego de estudiar Lengua y Literatura Hispánica, y francesa, en la Universidad de La Habana, y fungir como crítico de cine desde 1968 en la revista Cine Cubano.

Queda como asignatura pendiente para los estudiosos del cine cubano el análisis de sus documentales ochenteros, más elogiados que examinados a fondo. Después de Estética, realizó los también satíricos y costumbristas Yo también te haré llorar (1984), Vecinos (1985), y al año siguiente dirige Jau, Más vale tarde que nunca y Chapucerías, con los cuales obtuvo premios dentro y fuera de Cuba. Este ciclo de documentales críticos se cierra con El rey de la selva, en 1991, sobre una escultura de león en el Paseo del Prado que evoca con ironía el pasado y el presente del lugar.

Su ópera prima en la ficción tuvo lugar en 2002 con Entre ciclones, aunque en 1988 había realizado el corto El unicornio, sobre la ausencia de coherencia ética entre la vida pública y el criterio individual, un tema que lo obsesionaba y aparece a lo largo de toda su filmografía.

Colina parecía gozar del don de la ubicuidad. Todos esas obras las realizó mientras conducía, semanalmente y desde 1970, la más importante y popular cátedra televisiva de apreciación cinematográfica que ha existido en Cuba: 24 x segundo, un programa concentrado en la crítica de los estrenos semanales a partir de analizar tanto elementos estructurales y sociológicos como la significación cultural. Me parece todavía escuchar su demoledora reseña de Orca, la ballena asesina, que además de despiezar el filme requería al espectador por disfrutar de semejante bodrio.

Pero tampoco se encarnizaba con las malas películas. Mucho más acá en el tiempo, recuerdo que Titanic también fue expuesta a su más fina y cortante ironía, en la época en que se establecía el culto irrestricto a las superproducciones de Hollywood. Y también hay que decirlo, cuando era preciso celebrar y aplaudir ningún comentarista lo hacía con la elegancia y mesura de Colina.

Porque sus críticas, desde que comenzó en el oficio hasta el día de su deceso, lograban una integralidad holística y exponían una capacidad intelectiva que lo mismo podía llegar a las esenciaso describir lo superfluo, lo adocenado, y todo ello sin un solo matiz de vana sapiencia, porque su objetivo mayor consistía en comunicarse con el lector, con el discípulo, con el televidente. Y no solo en Cuba. Colina dio conferencias en 10 o 15 países, y dominaba a la perfección tres idiomas, lo cual le permitió permanecer largas temporadas en escuelas de cine, sobre todo en Francia.

A principios de los años 2000 también participó en la creación de, y luego dirigió, la Cátedra Documental en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Más recientemente, en la misma Escuela, estuvo al frente de talleres internacionales que instruyeron a decenas de jóvenes realizadores de muchos países en el arte de hacer documental y auscultar el elusivo pulso de la realidad.

Ya no existía 24 x segundo, que desapareció a pesar de la voluntad de su protagonista por seguirlo haciendo, pero entonces el realizador se refugió en la pedagogía, dentro y fuera de Cuba. A lo largo de los últimos 10 años Colina decidió simultanear sus periplos en el extranjero con las clases de Puesta en escena, con salario mínimo, en la humilde Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual. Realmente conmueven los mensajes en las redes sociales de sus alumnos de FAMCA a causa del deceso del maestro, a pesar de que resultaba imposible sacar más de tres puntos, muy excepcionalmente cuatro, como evaluación final.

Porque se multiplica la orfandad cuando muere un maestro. Y su partida ahonda nuestra necesidad de contar con críticos e intelectuales tan lúcidos y rigurosos como lo fue Colina. Por mi parte, conservaré en la memoria para siempre, como los mayores premios de mi carrera, lo mucho que aprendí cuando escribimos juntos sendos ensayos sobre la historia y el presente del cine cubano. Y en mi teléfono resonará durante mucho tiempo su vozarrón pidiéndome que le recomendara algunas buenas y nuevas películas.

Y sus llamadas llegaron a ser un problema… ¿Qué película debe recomendarle uno a su maestro en el arte de apreciar el cine? Logré salir del aprieto aconsejándole ver los filmes que honestamente me entusiasmaban, aunque luego me ganara sin falta la llovizna de cuestionamientos. Así era Colina: eternamente ávido de inteligencia y razón, eternamente insatisfecho con todo lo que se diera por sentado.