Infierno en el Pacífico

De una isla a otra no es suficiente

Mar, 11/08/2020 - 08:20

En 1968 John Boorman, el director, entre otros largometrajes, de Point Blank, Deliverance y Excalibur, dirige Infierno en el Pacífico, una película de pocos diálogos y de muchos silencios, pero de una fuerza innegable en la puesta en escena. 

Para su atrevido proyecto contó con el guion a cuatro manos de Alexander Jacobs y Eric Bercovici. Pero no se conformó: llamaría al fotógrafo Conrad Hall y también al músico argentino Lalo Schifrin, hoy toda una celebridad por sus memorables bandas sonoras. Por si fuera poco, Toshirō Mifune y Lee Marvin actuaron para Boorman. 

No tenemos la certeza de cómo dos hombres han ido a parar a una isla inhabitada por otros seres humanos. Es una isla que nunca se denomina y no importa. Uno es japonés y el otro, estadounidense. Ambos son militares y el contexto transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Aún ni sabemos sus nombres. Pero cuanto se nos muestra es una clara diferencia que les viene desde un contexto beligerante más general. 

Ahora, nadie tiene que enterarse cómo van a resolver lo que el destino les ha impuesto: sobrevivir enfrentándose o subsistir aproximándose. Ellos son Lee Marvin y Toshirō Mifune en Infierno en el Pacífico.

En este sentido, el largometraje trata la construcción ―a pesar de o gracias a las circunstancias― de una amistad intercultural. Ni siquiera se entienden. La película carece casi de diálogos. Los infortunados tratan de eliminarse hasta que de alguna manera logran entenderse. Ambos construyen una balsa y caen en otra isla del Pacífico. 

Allí han estado tropas norteamericanas y también japonesas. Encuentran unas ruinas y mientras el soldado nipón halla en los exteriores un retrato de una dama coterránea, el estadounidense halla una revista Life que se dispone a leer mientras fuma un cigarro de una caja encontrada. La publicación contiene unas fotografías harto desagradables. Decidirá mucho en esta historia. Más tarde, ambos brindan con sake, ríen y contemplan el crepúsculo. En un momento el japonés canta y el otro se niega a escucharlo, olvidándose de que él ya ha cantado antes, acaso le impuso una canción cuando juntos navegaban. 

Infierno en el Pacífico es lenta, de una narración que simula monotonía. La puesta en escena es arriesgada como la propia trama de toda la película y, no obstante, no tiene un instante de aburrimiento. Por el contrario, advertimos escenas ocurrentes cuando aún ellos están en discordia por el agua y la comida, por la solicitud de uno de ellos de un tronco, cuando se intentan esclavizar Existen instantes que nos recuerdan a Fugitivos (Stanley Kramer, 1958) con Tony Curtis y Sidney Poitier. Pero cuanto pasan es más cercano a La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe.

Los supervivientes están representados por dos enormes actores del cine bélico y de cuanto se trata aquí, sin embargo, es de mostrar una necesaria cortesía entre ambos personajes. De manera que la película tantea una reconciliación sobre cuanto ha acontecido entre los países. El trasfondo y las evidencias están, en definitiva, asociadas a lo político. ¿Cuántos naufragios de esta condición hubieran hecho falta para que no se atacara Pearl Harbor y no se lanzaran las bombas atómicas? 

Infierno..., en efecto, es lo que no fue pero queda como probabilidad de un pasado que pudo ser distinto si la contienda hubiera podido evitarse y si la diversidad humana hubiera podido entenderse mejor en virtud de las diferencias y los mutuos anhelos. Ah, pero ese final brusco ―en parte justificado― de Infierno en el Pacífico no le va al esbozo que bien viene ¿defendiendo? su director.  

 

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