Santiago Álvarez

El Noticiero fue mi escuela de cine

Vie, 05/06/2020 - 07:15

Toda una generación recuerda cuando en febrero de 1963 aparecieron en las pantallas de los cines cubanos las imágenes del funeral y entierro de Benny Moré. Hubo asombro y admiración: con esa nota, el Noticiero ICAIC Latinoamericano iba más allá de ser un simple y común noticioso para convertirse en referencia de ese nuevo lenguaje, esa nueva mirada que iría perfilando el rostro e identidad del cine nacional. El montaje, los encuadres, la banda sonora no eran únicamente reporteriles: eran también expresivos.

Creo que esa característica fue el motor impulsor para que el Noticiero (casi desde su nacimiento) se convirtiera en la avanzada de nuestro cine. En aquellos días, desde mi ilusión de aspirante a cineasta, siempre me preguntaba cómo Santiago Álvarez y su equipo podían enfrentar, improvisar y actuar creativamente frente a la dinámica realidad de cada semana. Y cuando muchos años más tarde pude trabajar en el Noticiero y conocer de cerca a Santiago Álvarez comprendí que, de alguna manera, la personalidad del Noticiero era resultado de la expresiva personalidad de Santiago: inquieto, cuestionador, comprometido, apasionado. Por eso logró crear un equipo: un equipo diverso y heterogéneo, pero aglutinado alrededor suyo y motivado por su permanente arrojo e inventiva.

Siempre he dicho que el Noticiero fue mi escuela de cine (lo fue para muchos de los que hacemos hoy cine de ficción). Y lo fue porque Santiago nos dejó hacer de todo: nos dio libertad aun a riesgo de provocarse problemas. No quiero repetir los detalles de ese taller de creación que fue el Noticiero durante nuestra experiencia en él: hoy quiero recordar una anécdota que me permitió conocer mucho mejor a Santiago no solo como cineasta, sino como ser humano.

Eran las cuatro de la madrugada del martes y ya habíamos terminado la mezcla final del Noticiero de la semana: un reportaje sobre el Festival de Ballet (a través de los agotadores ensayos de los bailarines) y el sudoroso trabajo de los mineros en las minas de Matahambre. La idea era asociar y comparar ambas labores (tan distintas, pero tan similares por los esfuerzos físicos que exigen) y provocar en el espectador un sentimiento de equilibrio, de coexistencia pacífica en la que la balanza no se inclinara hacia un solo lado. Yo me sentía feliz, como pocas veces, porque tenía la impresión de que, expresivamente, el acabado de esa edición había alcanzado una tersura de fábrica de la que nos podíamos sentir orgullosos.

Como era habitual, llamamos a Santiago a su casa para que aprobara el “noti” y a las cuatro y media comenzó a verlo.   

Estuvo callado (¡inaudito!) durante cinco minutos después de visionaje. Y finalmente me dijo: “Hay que cambiarlo”. Era la primera vez que, desde su punto de vista, el fiel de la balanza sí se inclinaba hacia el esfuerzo de los mineros: no había equilibrio posible. La discusión no fue muy larga porque los argumentos de Santiago eran personales. Esa madrugada nos contó durante más de una hora su experiencia como minero, cómo sufrió la sobreexplotación, la discriminación, la desidia contaminante. No solo bajo tierra: Santiago siguió hablando de cómo lo marcó ese pasaje de su vida en los Estados Unidos de los años cuarenta y cincuenta.

Volvimos a editar el noticiero y me quedé inconforme con el resultado, sin embargo, me sentí más cerca de Santiago en el lado humano. Esa contradicción me sirvió también para entender al Santiago que, aunque defendía la libertad individual, siempre tomaría partido desde sus convicciones.

Años más tarde, organicé en el marco de la Muestra de Cine Joven un debate entre jóvenes cineastas a partir del visionaje, en una sola mañana, de tres documentales de Santiago y tres documentales de Nicolás Guillén Landrián. Allí quedó comprobado que gran parte de las nuevas generaciones se siente hoy más cercana a la mirada antropológica e impresionista de Guillén Landrián que a la mirada comprometida y política de Santiago, pero siempre reconociendo la altura ética y estética de ambos cineastas, que expresaron su época desde ángulos diferentes y complementarios.

Para mí fue un privilegio conocer a Santiago como cineasta y como ser humano. Hace cinco años asistí en el cine Arsenal en la Cinemateca de Berlín al homenaje de despedida, por jubilación, de su proyeccionista, una mujer que durante más de cuarenta años proyectó en esa emblemática institución casi todas las películas de la historia del cine. Como parte del homenaje, ella escogió sus películas preferidas y las proyectó por última vez. Fue muy emocionante para mí descubrir que había seleccionado Now! como el mejor documental de su vida.

(Tomado de revista Arte y compromiso: un siglo de Santiago Álvarez, 2019)