Elpidio Valdés

Elpidio Valdés o la cubanía paradigmática

Vie, 14/08/2020 - 08:43

Mucho se ha hablado y escrito respecto al carácter de icono cultural de la serie de animados relacionada con Elpidio Valdés, y también se ha estudiado la índole de estos personajes en función de sus aportes a la confirmación de nuestra identidad nacional.

El intelectual y cineasta Víctor Casaus asegura en el texto titulado “Elogio y memoria de Padroncito Valdés”, del libro Elpidio Valdés. Los inicios, que el heroico personaje ha enriquecido el conocimiento, la imaginación y las vidas de cuatro generaciones de cubanas y cubanos, “porque su creador encontró la manera de vincular los valores de la historia patria con las posibilidades comunicacionales de la cultura popular, y supo incorporar a su personaje, a ese universo audiovisual, nuestra manera de ser como pueblo, nuestro humor y nuestros rasgos esenciales como nación”.

El contorno biográfico del más célebre personaje en la animación cubana se traza en el primer largometraje, cuya acción ocurre en 1895, cuando Elpidio es un joven criollo, perteneciente a una familia de mambises, que vive en las afueras de un pueblo, presumiblemente del oriente cubano, y conspira para alzarse en armas contra la corona española. Los españoles y sus lacayos criollos voluntarios están avisados y harán todo lo posible por impedir el alzamiento; para ello deben atrapar a los líderes de la insurrección: los Valdés.

En general, la biografía del insurrecto se bosqueja, como ya se dijo, en el primer largometraje de la serie, Elpidio Valdés (1979) y se complementa, en tiempos de adultez, en otras secuelas: Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983), la serie Más se perdió en Cuba (1995) y su versión fílmica Elpidio Valdés contra el águila y el león (1996), en las cuales la aventuras del coronel del Ejército Libertador se distinguen por la presentación de otros oponentes, como los norteamericanos hermanos Chains, además de Resoplez y sus auxiliares hispanos.

Por otra parte, en “Veinte años haciendo reír… y pensar”, publicado en la revista Cine Cubano no. 95, Juan Padrón confiesa la fidelidad del filme a ciertas circunstancias de la historia nacional: “Gracias a mi manía de visitar museos, buscar datos, fotos, diarios de guerra y libros sobre la vida y la lucha de los mambises, logré recrear un mundo apropiado alrededor de Elpidio, tratando de que fuera históricamente preciso (…) El largometraje se propuso en 1976 como un proyecto para ser terminado en 1979, por el XX aniversario del ICAIC (…) Había que mantener el interés del público durante una hora, hacer chistes, emocionar, divertir, dar un mensaje, tenía que tener fluidez…”

Y tal fluidez se aplicó a la recreación del ideal de independencia y autodeterminación que ha regido la historia de Cuba, un ideal representado por este héroe mambí de apellido Valdés, al igual que Cecilia, la mestiza protagonista de la novela nacional Cecilia Valdés o La loma del Ángel, de Cirilo Villaverde.

Elpidio resulta ser un símbolo de la historia nacional, figura emblemática y multiétnica de aquel ejército integrado por hombres y mujeres de todas las razas, credos y clases sociales, que se alzaron contra la opresión colonial a partir de compartir valores que adornan las epopeyas nacionales, como la valentía individual y colectiva, la solidaridad, el compañerismo y la unidad de todos los que se oponen a la opresión extranjera.

En la mayor parte de estos animados se celebra abiertamente la inventiva de los mambises para tratar de compensar la inferioridad de su armamento, y también se subraya el conocimiento del territorio nacional, la utilización de recursos locales como el machete, la habilidad en las tácticas guerrilleras y, sobre todo, la pasión por conquistar la emancipación.

Otro síntoma palmario de la indiscutible adscripción de Elpidio a la cultura nacional más profunda resulta de su vocabulario, inundado de cubanismos dentro de ciertas normas del habla eminentemente popular, así como chistes y refranes que el público identifica al vuelo. De este modo, el notorio insurgente devino, al mismo tiempo, nuevo símbolo de la identidad nacional, icono de la cultura popular y confirmación del espíritu independentista que la Revolución promueve.

Respecto a los cubanismos, hay decenas de ejemplos. Salta al oído el uso de la palabra compay, forma abreviada, muy al uso en el oriente de Cuba, de compadre, que además expresa la unión o el concierto entre dos o más hombres para ayudarse mutuamente. El coronel Elpidio Valdés usa el “compay” para dirigirse no solo a sus compañeros de lucha, sino también para hablar indirectamente con la audiencia, como ocurre cuando se dice una de las frases más conocidas de la serie: “¡Eso habría que verlo, compay!”, que apela a la complicidad del auditorio en la sempiterna victoria de los mambises, de los cubanos.

Independientemente de la faceta heroica, o en consonancia con ella, Elpidio evidencia otras características inherentes a la idiosincrasia cubana como la burla o el choteo, o la capacidad de sostener la gracia bajo presión. De modo que en la serie animada aparecen innumerables momentos que colocan bajo una perspectiva cómica la opresión colonialista, y de acuerdo con Jorge Mañach en el clásico texto Indagación del choteo, el humor se vuelve parte de la memoria colectiva para confrontar una historia nacional caracterizada por los intentos autoritarios de potencias extranjeras.

A través del choteo, Juan Padrón reconfigura la historia real de la Guerra de Independencia, pues le confiere un diverso papel a los actores y acontecimientos reales, y además reencuentra en el choteo, tal y como lo definió Mañach para los cubanos todos, una definición de su propio ser a través de bromas o burlas que se aplican, sobre todo, a las ideas, normas y costumbres de las autoridades.

Además, los chistes constantes y el espíritu satírico de algunos personajes se distancian de la solemnidad y el didactismo generalizados en las versiones oficiales, cinematográficas o no, sobre las guerras de independencia, y por ese camino se consigue fácilmente la identificación del auditorio, porque la resistencia más o menos abierta de los cubanos se afianza mediante “la devaluación sistemática de la autoridad del dominador”, por decirlo con las palabras de Dean Luis Reyes en su ensayo “El etnocentrismo blando: mambises y vampiros como guerrilla anticolonial en el cine de Juan Padrón”, publicado en el sitio cinelatinoamericano.org.

La canción Balada de Elpidio Valdés, compuesta y cantada por Silvio Rodríguez, también porta algunos rasgos distintivos de la idiosincrasia nacional. En uno de los primeros largometrajes aparece la canción “cantada” por un personaje de trovador-mambí muy parecido al personaje real que contribuyó con su música a fomentar la mística de la Revolución, y en particular de las guerras de independencia a través de canciones como El Mayor o Yo soy de donde hay un río.

De este modo, Juan Padrón no solo rindió cariñoso homenaje a su amigo, uno de los más extraordinarios cantautores que ha dado la Isla, sino que también apuntó al vínculo secular entre el arte, en particular la trova, y la cubanía consustancial a este tipo de canción, al modo del cantar de gesta y el relato de las hazañas de un héroe que representa las virtudes consideradas modélicas por un pueblo o colectividad.

Entre otros personajes del escuadrón de caballería mambí como María Silvia, Pepe “El Corneta”, Eutelia, Marcial y el caballo Palmiche, Elpidio Valdés acierta a vehicular los conceptos mediante los cuales la audiencia cubana piensa la nación y su historia. De modo que constituye un reflejo ideal del modo en que cubanos y cubanas se ven a sí mismos, en términos ideológicos, paradigmáticos e ideales, pero cercanos por su manera de ser, de hablar y de comportarse en los momentos de extremo peligro y necesidad.

Elpidio es también una suerte de reflejo ideal de cómo Juan Padrón se veía a sí mismo. Tan es así que en 2008, cuando recibe el Premio Nacional de Cine por su trayectoria, expresó: “Elpidio Valdés es como yo hubiera querido ser. Si yo hubiera sido mambí, hubiera sido tan cabezón (obstinado) como él”. A continuación añadió: “También me he dado cuenta de que ya no tengo la energía de cuando me parecía a Elpidio, y me cuesta mucho trabajo realizar; ahora me parezco más a Resoplez”.

Pero la manera en que Padrón dibujaba la Patria, vista por ojos extranjeros, a través de Resoplez y la pandilla de colonialistas, pudiera ser motivo también de ensayos mucho más largos y enjundiosos que este.