Fotograma de La muerte de un burócrata

Exhiben La muerte de un burócrata en festival de cine de Venecia

Mar, 03/09/2019 - 06:37

La copia restaurada del filme La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea, se exhibió este martes en la edición 76 del Festival Internacional de Cine de Venecia. A continuación, las palabras que ofreciera el director de la Cinemateca de Cuba, Luciano Castillo, durante la presentación.

Tenemos el honor de presentar en Venice Classics la copia restaurada de La muerte de un burócrata, mientras festejamos el aniversario 60 de la fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, que señaló el nacimiento del nuevo cine en nuestra isla caribeña. Transcurrieron casi 25 años desde que su realizador, Tomás Gutiérrez Alea, visitara la Mostra en 1995 por concursar su película Guantanamera en la Sección Oficial.

Para él La muerte de un burócrata, su cuarto largometraje, era menor, sin grandes pretensiones, en el que logró todo lo que se propuso. La realidad, como siempre ocurre, superó a la ficción. Pretendía abordar los conflictos burocráticos que conducían a un ciudadano común a un violento estallido, cuando el cineasta Roberto Fandiño comentó casualmente las dificultades atravesadas por una viuda para obtener su pensión porque enterraron a su esposo con el carnet laboral. Aquel incidente verídico fue el eje del guion que coescribió junto a Alfredo del Cueto y el fotógrafo Ramón F. Suárez.

Titón, como le llamaban, tenía la posibilidad y el ánimo de satirizar con saña a la burocracia, de la que todos alguna que otra vez hemos sido víctimas. La viuda y el sobrino de aquel “Miguel Ángel de los humildes”, que muere en un accidente de trabajo, tropiezan con innumerables obstáculos hasta enfrentar al burócrata administrador del cementerio, negado a aceptar el cadáver sin una orden de exhumación. Un caso singular, que sorprende por lo insólito, se convierte en un itinerario kafkiano en su afán desesperado por buscar una solución al problema y no al revés.

Un humor negrísimo, presente desde los créditos, desborda estas peripecias tragicómicas, con guiños cinéfilos y secuencias de gran brillantez. El realizador apela a la imaginería acumulada por el séptimo arte: desde el cine de animación a las pesadillas buñuelianas del protagonista (interpretado con convicción por Salvador Wood, recientemente fallecido).

A un colaborador eficaz como Ramón F. Suárez y su excelente fotografía, con estudiados movimientos de cámara, se sumó el creativo compositor Leo Brouwer. La famosa secuencia de la pelea que provoca el intransigente administrador a la entrada del cementerio, filmada con cinco cámaras, la consiguió en la moviola el experimentado editor Mario González. Sesenta y tres planos en poco más de cuatro minutos comunicaron la intención de homenaje a las clásicas comedias norteamericanas de “tortas de crema” en la era dorada del género.

En el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary, donde fue estrenada, La muerte de un burócrata obtuvo el Premio Especial del Jurado. Al exhibirse en Cuba el 24 de julio de 1966 fue recibida por la crítica nacional como “un grado más alto en el desarrollo de nuestro cine” (El Mundo), “un paso de avance” (El socialista) y “la mejor realización de nuestra incipiente cinematografía” (Juventud Rebelde). “Después de este filme será más difícil ir para atrás: es una especie de emulación, y sobran los temas y modos”, escribió Bernardo Callejas en Granma. Mario Rodríguez Alemán, en Mujeres, concluyó: “Es uno de los mejores servicios que el Cine puede hacerle a
la Revolución”. “Ha abierto una ruta al cine cubano futuro”, precisó Desiderio Navarro (Adelante). La crítica lo incluyó en su selección anual de los estrenos más notorios.

Según el crítico italiano Aggeo Savioli, el desprejuiciado tributo a la tradición del ilustre cine cómico, era puesto “al servicio de una causa sagrada, la cual tiene, en los países socialistas, un particular fundamento crítico”. El británico David Robinson aplaudió a un cineasta “que sabe hacer locuras”, por su asombrosa “destreza con que incorpora todas las influencias en un todo único y logrado”, y poder “presentar de nuevo en gran escala los pasteles de crema y los porrazos”. El nicaragüense Franklin Caldera no recordaba otro “filme latinoamericano más libre, artísticamente hablando”. Norma McLaine sintetizó en After Dark el mayor mérito: “Es una aguda sátira que trasciende las fronteras del tiempo y el espacio”.

El realizador quedó inconforme, irritado por el hecho “de que la muerte de un burócrata no afecta para nada la salud de la burocracia”. Este primer título verdaderamente importante en la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea, precedió a su obra maestra: Memorias del subdesarrollo. Por su lozanía, La muerte de un burócrata parece haber sido filmada hoy mismo y sitúa en el centro de atención a la burocracia, ese arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil.

Agradecemos al archivo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y muy en especial a los desvelos de Josef Lindner, aquí presente, la restauración no solo de este clásico, sino de otros cuatro en la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea. Sea extensiva esta gratitud a Alberto Barbera, director del festival, quien desde la dirección del Museo del Cine de Turín promovió hace unos años una gran exposición del cartel cubano de cine. Muchas gracias a todos por acompañarnos en este redescubrimiento que posibilita Venice Classics.

Luciano Castillo