Cartel Imago 2019

Festival Imago postula un audiovisual actualizado y actualizante

Mié, 19/06/2019 - 14:09

A pesar de actuar en una escala menos abarcadora que la Muestra Joven, el Festival Imago prefigura el relieve temático, y estético, del cine joven cubano, en tanto intenta jerarquizar la creación de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA), que este año celebra su tercera década de vida y los 60 años del ICAIC. De modo que si los intereses del público se relacionan (y estoy razonando desde la idealización, lo sé) con la posibilidad de avizorar el relevo generacional, y con la necesidad de comprender los temas que preocupan a los creadores más jóvenes, el Imago es importante.

La recientemente concluida edición XIX fue casi un milagro: organizada y puesta en pie, por los mismos estudiantes, en unos pocos días, incluso horas, y con recursos mínimos. De todos modos, el evento consiguió la suficiente organización como para que un grupo pequeño de interesados pudieran seguir, sin decepciones, casi todas las actividades del ambicioso programa, concentrado sobre todo en exhibir los ejercicios de la Facultad —es decir, cortos de uno y tres minutos, trabajos de tesis— junto con los audiovisuales realizados en cualquiera de las facultades universitarias cubanas. Este año se separó, por razones obvias, la Muestra competitiva de los estudiantes cubanos en la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV), de San Antonio de los Baños, cuyos mejores trabajos, en esta edición, fueron Un árbol que cae, de David Beltrán (en la categoría de ficción) y Los perros de Amundsen, de Rafael Ramírez, en documental.

Una de las sorpresas más gratas se relacionó con el alto nivel y la pertinencia de los paneles, todos regidos por una discreta y apropiada selección de temas como los festivales disponibles en Cuba, el guion del cine nacional, la legitimidad del creador, las formas alternativas de producción, y las singularidades del sonido como especialidad (con el consagrado Osmany Olivare junto a las prometedoras Irina Carballosa y Glenda Martínez). Pude asistir a solo dos de ellos, ambos caracterizados por el muy alto nivel de los panelistas: Festivales de cine en Cuba. Organización y criterios de selección de obras, con la presencia del presidente del Festival de Cine de La Habana, Iván Giroud; la presidenta del Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez in memoriam, Lázara Herrera; Sergio Benvenuto Solás, fundador del festival de cine de Gibara; y Juan Carlos Calahorra, integrante del Comité Organizador de la Muestra Joven ICAIC. Se habló, entre muchos otros temas, de otorgar, junto con los premios, mayor visibilidad a las obras ganadoras, sobre todo las cubanas, con un espejo exhibidor, sistemático, en una importante sala habanera, que visibilice las obras más significativas de cada evento.

En el encuentro con los guionistas, que transcurrió a sala llena (lo cual no es decir mucho, habida cuenta de que se trata del espacio mínimo en el Fresa y Chocolate), Eduardo del Llano, Arturo Arango y Alan González conversaron sobre los diferentes modos de encontrar la motivación y desarrollar la historia, los libros clásicos en cuanto a teorías narrativas, la relación con la literatura y la insistencia actual en el cine biográfico, los retos de trabajar para otro realizador, o las dinámicas imprescindibles cuando se está filmando un guion propio. Excelente resultó la charla sobre todo para un público mayormente conformado por estudiantes de FAMCA, cuya formación carece del perfil especializado en la enseñanza del guion.

Con un perfil también didáctico, pero al mismo tiempo dirigido a resucitar lo mejor de la tradición cineclubista, actualmente casi desaparecida, ocurrieron cuatro espacios críticos del Imago, dos conducidos por el profesor Pedro Noa, y otros dos a mi cargo. Discutimos virtudes y defectos de las obras en concurso, concurrencias temáticas, líneas estéticas, los modos en que cada una hubiera quedado mejor, o al menos más coherentes con las intenciones expresas de los autores. Noa y yo quisimos tener en cuenta, en primer lugar, que estamos delante de ejercicios académicos, y por tanto decidimos alejar el debate del reproche injustificado, la amonestación o la fiscalización gratuitas. De modo que los espacios críticos resultaron, desde mi punto de vista, ganancia intelectual en estado puro, porque se identificaron tendencias (el cine de horror, la emergencia de las realizadoras, la insistencia autorreferencial y la baja narratividad, la insistente tematización en torno al pesimismo y la decadencia física o moral) y además intentamos colectivizar, desde la palabra y el intercambio de ideas, las múltiples y a veces complejas experiencias del creador individual.

Precisamente en cuanto al intercambio de ideas, y el imperativo de aprender entre todos a dialogar con altura y responsabilidad, para el viernes 7 de junio estaba anunciada la conferencia Una mirada al cine contemporáneo cubano: formas alternativas de la producción, concedida por los realizadores Miguel Coyula, Alejandro Alonso y Jorge Molina, moderada por el crítico y veterano profesor de FAMCA Gustavo Arcos. El panel no tuvo lugar debido a la súbita negativa del ISA a que hiciera parte del debate Coyula, un imprescindible en la historia del cine de vanguardia e independiente en Cuba. Darle voz a la crítica, aunque nadie sabe si Coyula iba a criticar nuestro sistema cultural, o simplemente hablaría, como se le solicitaba, sobre los modos de estructurar la producciones alternativas, distantes de las instituciones oficiales.

La política de la exclusión, la censura y el acallamiento le regala los verdaderos argumentos al enemigo más que cualquier posible crítica o diálogo, por controversiales que sean los criterios, verificados al interior de nuestras instituciones y eventos. Así creo y así lo afirmo, porque el síndrome de casa sitiada nos lleva, siempre nos ha llevado, a desencuentros, intolerancias diversas y lamentables quinquenios grises. Y una decisión nefasta, con cineastas que comienzan sus carreras, puede marcar para siempre una vida profesional que necesitamos activa, aportadora y comprometida con nuestro tiempo. Precisamente en las escuelas como FAMCA y el ISA debieran predominar la cultura del diálogo, la enseñanza adecuada a los principios inalienables de la crítica y el cuestionamiento que caracterizan, desde siempre, al arte.

Y hablando de intolerancias y exclusiones, dos de los premios principales del Imago, en las categorías de ficción y documental (decididos por un jurado que integramos Alejandro Gil, Alejandro Alonso y yo), fueron precisamente dos cineastas recién egresados cuyos trabajos de tesis fueron interrumpidos, el año pasado, en pleno proceso creativo. Fernando Fraguela y José Luis Aparicio encontraron rápidas alternativas a sus proyectos mediante el documental Las desdichas de un hombre, y el corto de ficción Summertime, respectivos ganadores de los premios al mejor documental (con una mención para Cuaderno de apuntes, de Josué García) y a la mejor ficción, y como parece lógico, el premio a la mejor ficción se conjugó con el galardón al mejor guion.

Algunos cuestionaron la ética del realizador en Las desdichas de un hombre, que cuenta el desinterés de Fraguela en hacer un ejercicio documental que no quiere hacer, con un personaje que tampoco le interesa. Sin embargo, a lo largo del documental queda claro que se trata de una obra que busca la conjunción entre realizador y personaje al nivel del dolor, la frustración, la necesidad de contarle a alguien sobre aciagos sentimientos de impotencia y frustración. Y si algunos creen que la ira y la sensación de inutilidad resultan difícilmente combustibles para la creatividad, deben ver Las desdichas de un hombre, marcado por algunos momentos bastante forzados, donde prima ocasionalmente cierta egolatría y autocomplacencia; pero triunfa, por encima de todo, un testimonio apasionante por su honestidad, a ratos desoladora, sobre un creador que acomete a regañadientes una tarea que detesta, una tarea en la cual encuentra un bálsamo ocasional para sus insatisfacciones, y el espejo para medirlas, un retrato que replique un momento existencial habitado por sus vanidades más aparentes y sus más profundos traumas.

Una sola animación entró en concurso, y por tanto no se confirió el premio a la obra en esa categoría, porque La huida, de Ariadna Pimentel e Ivette Ávila, nunca tuvo competidores, y estaba fuera de liga, por ello fue la ganadora del Gran Premio Imago, por su derroche de imaginación y la destreza para manipular diversos soportes y estilos de animación en una historia sobre seres imaginarios, sus pérdidas y ganancias, que muchas veces se extravía con la coartada surrealista, pero opera siempre desde la belleza y el rigor.

En fin, que el Imago demostró la capacidad de sus estudiantes para crecerse por encima de cierto abandono institucional que la Escuela padece, y se las arreglaron para sobrepasar la subestimación proveniente de comparar la Facultad con los recursos materiales, las conexiones internacionales y el plantel profesoral de la EICTV. Para cerrar, tomo prestadas las palabras del profesor Eduardo Morales, en el Boletín del Imago, para definir la esencia tanto de este Festival como de la Facultad que lo promueve: “La enseñanza académico-universitaria del arte no puede reducirse al empirismo técnico-formal de mera factualidad (…) De lo que se trata a este nivel universitario es de una formación que integre asimismo el pensamiento, la reflexión, la crítica tanto como los constructos humanistas, intelectuales, ideologemáticos en sus filones filosóficos, estéticos, semiológicos, sociológicos, historiológicos y cultorológicos en una perspectiva de nación actualizada y actualizante”.

(Tomado de La Jiribilla)