Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano. Adelantando un futuro emancipado

Lun, 02/12/2019 - 05:46

Cuando surgió el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano había transcurrido una década más o menos del momento de ebullición mundial de los llamados Nuevos Cines, un movimiento vinculado en el tercer mundo a la insurgencia independentista; mientras en los mundos primero y segundo adquiría los matices de liberalizadora renovación formal, conceptual y temática.

A pesar de que ya no imperaba la atmósfera propicia de los años sesenta (en 1979 había cambiado para peor el mapa político del continente), el Festival se propuso recuperar los signos de alteridad y de confirmación de identidades nacionales, que habían caracterizado a lo mejor del llamado Nuevo Cine Latinoamericano. El 3 de diciembre de 1979 se inauguraba en
La Habana el primer festival, como continuidad necesaria, solo posible en Cuba, de los eventos de Viña del Mar (1967, 1969), Mérida (1968, 1977) y Caracas (1974).

A partir de 1979, año tras año, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano ha hecho honor a su nombre. En diciembre llega a Cuba, regularmente, la inmensa mayoría de los cineastas que trabajan en la región (partidarios o no de los presupuestos revolucionarios, en términos políticos y estéticos, que animaron el célebre movimiento sesentero), quienes enriquecen con su imaginación creadora la cultura auténtica de sus respectivos países; cultura e imágenes largamente invisibles para propios y ajenos debido a la infausta componenda entre subdesarrollo ancestral, colonialismo, voracidad mercantil norteamericana, carencia de tradiciones genuinamente valiosas y cipayismo político y cultural.

El nacimiento del Festival conllevó la apertura de una brecha entre tanta inercia y conformismo, significó el aval a un movimiento surgido veinte años antes y reducido a la intermitencia o la ocasional desaparición en algunos países por la ausencia de espíritu integrador y de estímulos institucionales.

A la altura del penúltimo año de la década de los setenta era más que sabido que los países sin producción audiovisual carecían también de memoria, su cultura es parcialmente inválida, y por ello en la primera edición del evento habanero se le concedió particular relevancia a la cinematografía nicaragüense con el primer número del Noticiero INCINE (del recién creado Instituto Nicaragüense de Cine), que sirvió como proyección inaugural en la sala de
la Cinemateca de Cuba. Los jurados y premios de esa primera edición corroboran también la vocación de autenticidad, integración y diversidad que ha mantenido el Festival hasta hoy mismo.

Presidían los jurados Gabriel García Márquez (ficción) y Santiago Álvarez (documental y animación), mientras los premios principales fueron entregados, en ficción, a filmes de Cuba, Brasil y Venezuela (Coronel Delmiro Gouveia, Maluala, País portátil, respectivamente), y en documental se reconocía el conjunto de la obra del documentalista chileno Patricio Guzmán (La batalla de Chile). También se entregaron otros tres premios Coral: uno a la notable retrospectiva del cine chicano —siempre considerado justamente cual parte del audiovisual latinoamericano—, otro al conjunto de documentales de
la Resistencia en el Cono Sur (realizados en Argentina y Chile) y el tercero fue para el dibujo animado cubano Elpidio Valdés, de Juan Padrón.

Entre los seminarios y encuentros especiales tuvo lugar el debate sobre el papel de las transnacionales y la penetración cultural, y el encuentro de cineastas y de Cinematecas de Latinoamérica y el Caribe. En la declaración final se ponía de manifiesto, con toda claridad, lo que se convertiría en inclusiva y progresista plataforma conceptual sostenida durante más de veinticinco años: “Tiene el Nuevo Cine Latinoamericano mártires y héroes, figuras artísticas de renombre y prestigio internacionales, aprendices y artesanos, grupos que inician su trabajo y jóvenes que en uno u otro país se aprestan a enriquecer el movimiento artístico surgido y afirmado en la lucha por la liberación. Nada podrá vencerlo porque es una necesidad histórica, y del seno de nuestros pueblos surgirán siempre artistas y técnicos capaces de tomar la cámara y expresar nuestra identidad, testimoniar la época que vivimos y sus combates, y adelantar la imagen del futuro”.

Además, entre los ocho acuerdos sobre distribución y exhibición podía leerse en el sexto acápite: “(se debe) aprovechar los festivales, encuentros, seminarios y otros mecanismos para seguir ampliando las posibilidades de intercambio de productores, distribuidores y exhibidores del continente, en la dirección de crear auspicios para el Nuevo Cine Latinoamericano”.

Es preciso el anterior detenimiento en la celebración de este primer encuentro puesto que, por más que cambiaran las circunstancias políticas, económicas y sociales durante los años subsiguientes, el Festival conservaría su carácter primigenio y fundacional como expresión fiel y creadora de un cine latinoamericano representativo y auténtico en términos de arte y de cultura, independiente y transgresor, comunicativo y autosuficiente, atento a las nuevas tecnologías y a los requerimientos del mercado, inconforme y de bajo presupuesto cuando fuera menester.

Tan es así, que ya en el segundo festival destacan el triunfo brasileño (Gaijín, caminos de libertad, Bye Bye Brasil), el ascenso del cine boricua (Dios los cría) y del documental salvadoreño (El Salvador, el pueblo vencerá); los seminarios analizan las relaciones e interinfluencias entre nuevo cine y literatura, así como el famoso Informe McBride, una investigación auspiciada por
la UNESCO en la que salieron a flote los problemas del control monopolista de la información y de la desigualdad que amenaza las identidades culturales de los países subdesarrollados.

A partir de este segundo evento, la sola relación de los filmes latinoamericanos que alcanzaron los principales lauros del evento, así como el contenido de las principales retrospectivas y secciones paralelas consagradas a Latinoamérica, se convierten en argumentos más que contundentes para apoyar la necesidad de la existencia del Festival en tanto vitrina, salvaguarda e impulsor de un cine cada vez más activo, representativo, desenajenado y legítimo.

Entre las obras premiadas en
La Habana que mejor ilustran el apoyo del Festival a este tipo de filmes excepcionales por su validez artística y temática están: en 1981 (tercer festival), Ellos no usan smoking (Brasil), El mar del tiempo perdido (Venezuela) y Anita (Haití); en 1982, Tiempo de revancha (Argentina), Alsino y el cóndor (Nicaragua) y La boda (Venezuela); en 1983, Hasta cierto punto (Cuba), Sargento Getulio (Brasil) e Inocencia (Brasil). Mencionamos solo los largometrajes de ficción para no hacer demasiado extensa esta relación en este primer lustro de festivales que estamos rememorando.

Las retrospectivas y secciones paralelas fueron el complemento histórico, la mirada forzosa al pasado salvable, puente tendido con la intención de mejor comprender la situación actual del cine latinoamericano: en 1981 hubo una retrospectiva de Glauber Rocha y otra destinada a mostrar el cine Super 8 venezolano; en 1982, tuvo lugar la gran retrospectiva homenaje a Luis Buñuel y ya en 1983, a solo cinco años de iniciado el evento, se incluye una muy completa retrospectiva sobre cine independiente norteamericano, considerado, por muchísimas razones de peso, parigual del realizado en Latinoamérica. La muestra incluía desde el documental La huelga textil de Passaic (1926) hasta Café atómico (1982), pasando por exponentes tan extraordinarios como La sal de la tierra (1954), Elecciones primarias (1961), Harlan County (1976) y Alambrista (1979), cada uno de ellos considerado clásico de un cine documental o de ficción a contracorriente y anticonformista.

En los tres años siguientes, de 1984 a 1986, este espacio de gran retrospectiva se consagraría al cine ibérico (España y Portugal) con las piezas medulares de ambas cinematografías, al realizador argentino Fernando Birri, y a una muy completa panorámica de las más significativas películas africanas, junto a la cual se registraron sendas muestras homenajes a los productores Luiz Carlos Barreto (Brasil) y Manuel Barbachano Ponce (México).

Mientras tanto, los corales eran entregados a títulos inscritos hoy entre lo más soberano, original y aportador que generó Latinoamérica en esos años: de Brasil, Memorias de la cárcel, Ópera de malandro y La hora de la estrella; de Argentina, Tangos, el exilio de Gardel, Miss Mary y La historia oficial, las mexicanas Frida, naturaleza viva y El imperio de la fortuna; la cubana Un hombre de éxito... El Festival fue despertando el interés de artistas no latinoamericanos solidarios con sus ideales de soberanía e independencia artística, y así nos visitaron los españoles Carlos Saura, Juan Antonio Bardem y Pilar Miró, los norteamericanos Francis Ford Coppola, Gregory Peck, Sydney Pollack, Dennis Hopper, Harry Belafonte, Robert de Niro y Christopher Walken, el burkinabés Gastón Kaboré, el polaco Jersy Kawalerowicz, por solo hacer mención de unos pocos en el breve período que abarcan las tres ediciones antes mencionadas.

Fiel a su espíritu rupturista y anticonvencional, el Festival, en su novena edición, confirió su máximo premio a un documental, el brasileño Tierra para Rosa, mientras se dedicaba una muestra homenaje al aniversario veinte de Viña del Mar, además de otra retrospectiva consagrada a las pioneras del cine latinoamericano (la mexicana Matilde Landeta, la venezolana Margot Benaceraf, la colombiana Marta Rodríguez, la peruana Nora de Izcue, la cubana Sara Gómez, la argentina María Luisa Bemberg, entre otras) y se tomó la trascendente decisión de incluir una muestra de cine contemporáneo canadiense.

Hablo de trascendencia, porque a partir de entonces, todas y cada una de las ediciones se aplicaron no solo a registrar las palpitaciones de lo notable y lo diverso en el cine latinoamericano, latino en Estados Unidos, independiente norteamericano y canadiense —es decir de todo el hemisferio occidental— sino que también el Festival quiso acoger la mayor cantidad posible de obras, cineastas, tendencias y movimientos que en el mundo entero apostaran por un séptimo arte apoyado en credos estéticos y espirituales que apostaran por el mejoramiento de la condición humana a través de la reflexión y de la belleza.

Algunos impugnaron esta creciente tendencia a exhibir paralelamente una parte de lo mejor que se creara en España, Italia, Alemania, Francia, Europa en general, y también Asia y África. Los inconformes alegaban, y todavía argumentan, que de este modo el Festival desfigura su esencia primigenia de atención al cine latinoamericano, pero absurdas resultan tales prevenciones puesto que los premios, la privilegiada atención de los medios, y el alma misma del evento continuó atenta a lo mejor y más relevante del área geográfica y cultural en que se celebraba, solo que se quiso sabiamente eludir todo síndrome provinciano de aldeano orgulloso, y se propugnaba el sano intercambio de información y experiencias.

Por ejemplo, ya en los años noventa, no escapó al reconocimiento de
La Habana ninguna de las grandes películas latinoamericanas de ese período, esas que le confirieron un relieve inusitado al cine de la región y permitieron pensarlo en términos de futuridad imprescindible (Yo, la peor de todas, La luna en el espejo, Jericó, La tarea prohibida, El lado oscuro del corazón, El viaje, Fresa y chocolate, La estrategia del caracol, Principio y fin, Madagascar, El callejón de los milagros, Cuestión de fe, Profundo carmesí, Martín Hache, La vida es silbar, Estación Central de Brasil, La vendedora de rosas, Garaje Olimpo, Mundo grúa...), mientras las cada vez más numerosas salas consagradas al evento proyectaban lo mejor de la producción española (incluido todo suceso Almodóvar, Medem, Amenábar y Aranda), junto a los índices ininterrumpidos de vitalidad en cualquier cinematografía que pudiera aportar títulos suficientes para conformar una muestra monográfica o que cedieran solo uno o dos títulos para formar parte de los contundentes panoramas contemporáneos internacionales.

La selección de estas muestras paralelas se ha mantenido siempre bajo idénticos auspicios a los que marcaron el surgimiento del festival, es decir, el destaque y promoción de un cine que prescinda o se enfrente a los condicionamientos industriales y comerciales, filmes realizados por lo regular fuera de los sistemas de producción y distribución de Hollywood, obras que enfocaran una realidad diferente de la exhibida por el cine comercial o que se propusieran un tratamiento distinto y peculiar del lenguaje cinematográfico.

Así, no solo fue el criterio geográfico o de nacionalidad el esgrimido para aportarle solidez de principios a un Festival que crecía desmesuradamente año por año, también se tendieron puentes a instituciones de Europa y Estados Unidos de alto rigor estético como el norteamericano Sundance Institute (tradicional asociado de
La Habana desde hace más de una década), la canadiense Alliance Communication Corporation, la franco-alemana Sept Arte, los programas especiales del Canal Plus y muchas otras productoras que realmente han dignificado, y ensanchado, los márgenes de un festival que ya no se quiere, porque es imposible, circunscrito a las fronteras entre el Río Bravo y
la Patagonia.

Si el Nuevo Cine Latinoamericano, desde la variante cubana y mexicana hasta el cinema novo, el de Fernando Birri y Jorge Sanjinés, se dejó “contaminar” por influencias del neorrealismo italiano, de la nueva ola francesa, del free cinema británico y de los independientes de Nueva York, nada nefasto puede vehicular el hecho de sostener principios aperturistas y multiculturales, siempre y cuando se elija con sumo cuidado y coherencia, como ha sido mayormente, la selección de títulos y de autores a exhibir en estas muestras paralelas.

Ahí está la edición de 2019, como botón de muestra, aunque se puede elegir cualquiera de las últimas diez o veinte ediciones para encontrar similares resultados. En diciembre pasarán por las pantallas habaneras, simultáneamente con las secciones latinoamericanas de concurso (ficción, óperas primas y documentales) y fuera de concurso (presentaciones especiales, Clásicos restaurados, Cine y Nueva Televisión, Muestra de Cine Experimental, Panorama Documental), las ya tradicionales vidrieras de cine español y alemán, sendos homenajes al centenario de Santiago Álvarez y al aniversario 60 del ICAIC, además de un Panorama Contemporáneo Internacional que cuenta, como siempre, con algunos de los títulos más premiados y elogiados por los especialistas durante los últimos meses. Conste que el cine y los festivales alcanzan razón suficiente para existir si consiguen mostrar al menos una obra que marque de veras la vida de alguien. Estoy seguro de que
La Habana ha cumplido con creces.