Iván Giroud

Iván Giroud: Sentirse de verdad en América Latina

Mié, 25/12/2019 - 06:37

Iván Giroud ya había recorrido un buen trecho como director del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano al lado del inolvidable Alfredo Guevara, cuando tras la pérdida física de ese intelectual de marca mayor, asumió la presidencia de un certamen de tanta envergadura. Y, sin embargo, el desafío no fue menor. “Se trataba, por supuesto, de una responsabilidad muy diferente. Primero, porque antes había sido director en un evento encabezado por una figura clave en la cultura cubana, un intelectual de elevado rango, una personalidad altamente reconocida a nivel mundial; un hombre en extremo inteligente y arriesgado en la toma de decisiones. Mi trabajo se concentraba más en garantizar que el certamen sucediera.

Cuando regresé al festival ya había sido nombrado presidente —estuve dos años fuera. O sea, llevo seis (cuatro con doble función) en esta responsabilidad, aunque no he abandonado todas las tareas que antes ocupaba, sobre todo lo relacionado con la programación, un aspecto que se debe cuidar con esmero, además de que me motiva e interesa... Sí, fue un reto grande también porque soy una persona tímida, tanto que me cuesta prepararme para decir un discurso o para enfrentar entrevistas que antes trataba de evadir...

Siempre me pongo a pensar cómo hubiera actuado Alfredo frente a una situación compleja, cómo él la afrontaría; él, que me enseñó a no temerle a las complejidades, pues así es la vida: compleja. De lo que se trata es de hallar la línea principal e intentar que no se pierda.

Organizar un festival en nuestro país es muy distinto a como ocurre en cualquier otro lugar, por nuestra situación económica, el bloqueo, etc., pero, repito, hay que asumirlo como parte de la vida y no tomarlo como escudo para no hacer, sino encontrar alternativas que nos permitan alcanzar lo que queremos”.

Desde el punto de vista de proyección, ¿se puede percibir algún cambio significativo en esta “nueva” era?

Cuando me volví a incorporar no solo Cuba estaba viviendo un momento excepcional, sino también el cine en sí mismo: el mundo, cinematográficamente hablando, había cambiado, es decir, se había dado el paso más que evidente del cine analógico al digital, y no se podía perder de vista un elemento clave: para poder mantener un festival de nivel internacional, era imprescindible dar el salto tecnológico, una realidad que me tocó enfrentar muy rápido.

Ese primer año participé en el Festival de Toronto —a nivel de programación, de títulos exhibidos, bastante similar al nuestro— y descubrí que de las 300 películas presentes solo había cuatro en 35 milímetros. En América Latina ese proceso de conversión fue llegando un poquito más lento, pero, de cualquier modo, debíamos afrontar un nuevo escenario.

No se puede comparar el festival de la actualidad con el de hace una década. Ha cambiado y por muchas razones. Tiempo atrás, aunque en los circuitos de exhibición del mundo entero, incluso en Europa, la pantalla estaba marcada por la industria estadounidense, al menos existía un espacio para un cine más de autor, más artístico, pero eso ha ido desapareciendo. Solo los festivales han tratado de llenar ese vacío, convirtiéndose ellos mismos en circuitos de exhibición internacional.

Una labor fundamental realizada por el festival fue ganarse un público, sin embargo, llegaron las nuevas generaciones con sus nuevos intereses. Entonces la esencia ha estado en no conformarnos con lo ganado, en hacer hasta lo imposible por conectarnos con los más jóvenes y contagiarlos con el amor por el cine. La cita de La Habana también se ha enfrentado a un reto, que es universal: el abandono de las salas cinematográficas por parte de los públicos, lo cual nos ha obligado a concebir un programa lo suficientemente atractivo y novedoso que capte la atención, y ese es un reto enorme, pero qué bueno que existe, porque de lo contrario perderíamos la capacidad de renovación.

Asimismo, se ha ido renovando nuestro equipo de trabajo: algunas  personas se han jubilado u ocupado de otras actividades, mientras se ha sumado gente que con rapidez se ha ido apropiando del festival y ya forma parte de él. Esa convergencia de distintas generaciones ha sido muy beneficiosa: quienes llevamos más tiempo vamos transmitiendo nuestras experiencias, en tanto los más jóvenes han aportado mucha energía, creatividad y una visión más contemporánea. Estos son cambios naturales, no excepcionales, por supuesto.

Este es uno de esos eventos en los que se puede constatar a la perfección las consecuencias del bloqueo económico y financiero de Estados Unidos contra Cuba...

Los efectos del bloqueo son verdaderos y no nos dejan más opción que ser creativos. Hay momentos más favorables y las tensiones políticas aparentemente se alivian, otros, como los que vivimos, son muy crudos, pero buscamos alternativas, no nos conformamos. No podremos exhibir más cine estadounidense, pero sí de otras latitudes. Lo importante es que esa punzante realidad no sea un freno.

El bloqueo es real, está ahí. Se trata entonces de encontrar el modo de que impacte lo menos posible al festival, que tiene en las cinematografías latinoamericanas su fuerza mayor y se mantiene abierto a las más diversas de otras partes del mundo. Cuando aparece una brecha, sin dudarlo ni un instante nos volvemos a conectar con ese cine estadounidense progresista, independiente, con sus creadores.

De cualquier modo, la cantidad de obras que participan demuestra que la cita habanera mantiene un notable prestigio internacional.

Este año recibimos alrededor de 2 500 inscripciones, una cifra enorme, lo cual significa que el festival sigue siendo una caja de resonancia, gracias a un público numeroso que posee una sensibilidad y una energía increíbles, que tiene una pasión por el cine tremenda, por la obra y el creador. Aquí se da un hecho irrepetible: el cine llega a ser casi como el teatro, porque en las salas se da ese momento tan excepcional y único, esa complicidad, que se establece entre el espectador y la película, y el festival cuida mucho eso.

Ello explica que nos preocupemos tanto por la calidad de la selección de los largos en concurso, de las óperas primas, los directores, los cortometrajes, las muestras... Observamos con atención el talento emergente, para que no se convierta en un certamen de cineastas consagrados, sino que también sea protagonista esa nueva oleada de realizadores.

Muchos directores aseguran que disfrutan estar en La Habana, porque es aquí donde se encuentran con sus colegas de Bolivia, Argentina, Venezuela, México, Brasil, Chile..., y pueden sentir que están en América Latina, y redescubren el sentido de pertenecer a América Latina, con toda su diversidad; que integran una comunidad. He ahí dos de los grandes logros del festival: haber formado un gran público y mantener vivo ese sentido de pertenecer a América Latina.
La edición 41

En esta edición 41 que acaba de finalizar hubo algunos ligeros cambios…

Desde hace un tiempo venimos trabajando en la recuperación del cartel cinematográfico, que tanta fuerza ha tenido en Cuba, aprovechando la existencia de excelentes diseñadores. Por tal razón potenciamos aún más el concurso de afiches y organizamos diversas exposiciones, como las que convoca el proyecto Cartelón, conducido por Sara Vega y Yumey Besú, director del festival, quienes constantemente están apoyando y estimulando la cartelística insular.

Entonces decidimos crear un jurado específicamente para que evaluara el cartel, además de otro que se concentró en los medios y cortometrajes documentales y de ficción, porque realmente quien debe ver 21 películas en poco tiempo se somete a un proceso intelectual difícil, sin importar cuán notables profesionales sean y lo bien preparados que estén. Cuando también debían evaluar 21 cortometrajes... Demasiado agotador... De esta otra forma, creemos que a la larga todos los premios Corales irán adquiriendo igual importancia.

Recuerdo que hubo una época en que el festival fue de toda Cuba. ¿Alguna razón en especial para que dejara de suceder?

Tendría que empezar diciéndote que antes el festival era de La Habana, de todos sus barrios. En los años 90, en pleno período especial, contábamos con 20 salas para programar en la ciudad, pero el cambio tecnológico (enfrentarlo económicamente es brutal) nos dejó con solo diez. En verdad, hoy en Cuba, con esa capacidad tecnológica moderna a la par de cualquier festival del mundo, solo se encuentran los cines del Circuito 23, o sea, Yara, Chaplin, 23 y 12, La Rampa y Riviera, así como el Acapulco. En el resto del país no hay otros con esa tecnología.

Cuando se logre hacer esas inversiones al menos en las capitales provinciales, entonces podría estar nuestra presencia en esos lugares, aunque igual seguiría siendo complejo: antes el cine era analógico y los productores mandaban las 11 latas con la película, las cuales movíamos para aquí y para allá, pero en la actualidad solo te autorizan una o dos proyecciones, quizá tres, que deben pagarse, y tampoco poseemos ese dinero. Ahí entra a jugar otro factor: el patrocinio de empresas que nos ayudan. El Ministerio de Cultura ofrece su máximo apoyo, pero hay cuestiones que no puede resolver, entonces hay que establecer alianzas.

Pero hay otro problema: todas las buenas películas latinoamericanas, las que han participado y ganado en los grandes festivales: Berlín, Cannes, Venecia, Locarno, Toronto, son distribuidas por compañías internacionales ubicadas básicamente en Europa, no por los países de origen, y cobran tarifas altísimas para cederte el derecho a una o dos proyecciones. Cifras impagables para nosotros; y aunque nos dieran el dinero sería casi imposible desde el punto de vista operacional, primero porque hasta que este no entra en la cuenta de la empresa, no la liberan.

Y luego debo explicarte que estos filmes están programados con una especie de llave que te llega por correo electrónico. Uno debe enviar ese número único que distingue cada proyector, para que un día determinado, en un horario determinado, esa película “se abra”, de lo contrario, no la puedes ver. Cuando el cine dejó de ser analógico, es decir físico, y se convirtió en algo “líquido” prácticamente, empezó la piratería, así que la tecnología se ha desarrollado para obstaculizarla, pero, como notarás, se trata de un proceso supercomplicado. Y, no obstante, los visitantes extranjeros se sorprenden de que realicemos un festival con una programación de tal magnitud.
Pensar en lo imposible

Bueno, esta vez se exhibieron 300 películas, entre las de concurso, panoramas, muestras, retrospectivas... ¿Cómo lo consiguen de todos modos?

Con mucho trabajo, dedicándole muchas horas; estando en los festivales más importantes donde te relacionas con los productores y negocias, porque no puedes quedarte solo en las inscripciones. Por tanto, debes permanecer muy pendiente de los nombres importantes del cine en América Latina y en el resto del mundo, saber en qué andan, tener sus películas en el radar para después ver cómo funcionan en los diferentes certámenes, teniendo en cuenta cómo puede reaccionar nuestro público ante esa obra, etc...

Todo se va haciendo a la vez entre un equipo de personas con no pocas relaciones de trabajo y experiencia, que se entrega con mucha pasión, pero que nunca se confía. ¿Recuerdas lo que te decía hace un momento sobre lo importante de ir incorporando gente más joven para irle transmitiendo ese knowhow?

Cada vez que nos encontramos con una película que nos estremece, pensamos invariablemente: “Esta tiene que verse en La Habana, tenemos que luchar por conseguirla”. Uno debe proponerse siempre más de lo que puede lograr, ser más ambicioso. Si no piensas en lo imposible, lo posible no llega.

El festival no se ha conformado con exhibir; con sus eventos teóricos se ha preocupado por la superación del público, de los cineastas...

Claro, porque el festival no es una parrilla de programación, sino que constantemente ha propiciado el debate teórico, la formación de los cineastas y el encuentro, a la par de una exhibición que necesita ese cruce de debate y de conocimientos, de encuentros y de reflexión, que nos ayude a pensar.
Una de nuestras prácticas ha sido grabar las conferencias, las clases magistrales, que después transcribimos, de manera que se conviertan en un material importante de estudio. Las dejamos impresas para que haya una permanencia y no sea un acto efímero que mucha gente no puede presenciar. Debe quedar como un legado, un testimonio que sirva para después.

Acaba de finalizar esta edición 41, pero se cumplieron 40 años de que el festival fuera fundado por Alfredo Guevara (1979). Todo parece indicar que a pesar del tiempo transcurrido, este sigue con muy buena salud...

Yo creo que sí. El festival sigue siendo superimportante para América Latina y para Cuba en especial, aunque hoy se realice en un escenario totalmente diferente. ¡Ojalá que tuviéramos más cines para expandirnos más!, y que alguien que viva en Regla no tenga que desplazarse hasta el Vedado con los problemas de transporte que hay. Pasamos de tener 600 000 espectadores a 300 000, pero también contamos con la mitad de las salas, mientras se han modificado los hábitos de consumo, de ir al cine, como ya sabemos.

Quizá en la actualidad se vea más cine en Cuba que antes, y en el resto del mundo también, pero se va menos a las salas y yo siempre insisto en que esta otra experiencia, la “antigua”, es completamente diferente, y no solo porque te enfrentas a una proyección mejor. Recuerdo que un crítico una vez me dijo: “Roma no me gustó tanto como a usted”. “Sí, es posible; para eso es el festival: para que cada cual haga su selección y escoja sus películas. ¿En qué sala la viste?”, le pregunté. “No, en mi computadora”. “¡Ah, entonces, tú no viste Roma!”. ¡Ese es el arte del cine! Las computadoras, las memorias flash, han sido una solución increíble para no estar desactualizados, pero existe una diferencia enorme, porque se está dejando de recibir esa energía del que tienes al lado, te estás perdiendo el comentario de la cola, toda esa cinefilia que va permeando tu percepción de una obra...

Y, no obstante, aunque la gente ha dejado de ir al cine, el festival sigue convocando. Porque los que aman el cine, a quienes les gusta, quieren disfrutar al máximo de esa experiencia, de ese contacto humano que siempre se propicia, que te llena de calor; y quiere hacerse su propia opinión, su propia agenda, comunicarse, sociabilizar, vivir su película.

Tomado de Juventud Rebelde, 22 de diciembre de 2019

http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2019-12-21/sentirse-de-verdad-en-america-latina