Carnafaun

La última sonrisa de la inocencia

Jue, 07/11/2019 - 03:54

Con un montaje no cronológico, e imágenes muy duras, hiperrealistas, de la miseria extrema y la niñez desprotegida, la coproducción franco-libanesa Cafarnaún (2018) puede ser, al principio, una experiencia difícil para el espectador sensible. Sin embargo, si la buena fe y el suspenso que evidentemente animan la trama lo impulsan a seguir el itinerario de Zein, a través de los caóticos callejones de Beirut, es posible que al final perciba que ha visto uno de los dramas sociales más estremecedores de los últimos años. 
Retrato casi expresionista de antros sin nombre, de gente infame o inocente, todos desposeídos, al igual que la japonesa Shoplifters (Hirokazu Kore-eda, 2018) y la coreana Parásitos (Bong Joon-ho, 2019), el filme libanés se vale de algunos toques de humor y de certeros golpes del siempre manipulador melodrama, para entregarnos imágenes y personajes tan fuertes que se quedan contigo mucho tiempo después de haber visto la película. 
Y no es lugar común asegurar que el filme abusará a su antojo de nuestra persistencia retiniana, en tanto utiliza poderosa visualidad, y casi nos obliga a identificarnos con estas criaturas sumergidas en una urbe tercermundista típica. 
En Cafarnaún (palabra que significa “caos”), las imágenes de cariz documental y el estilo entre pavoroso y tierno, tributan tanto al neorrealismo italiano, las películas de Ken Loach y el miserabilismo latinoamericano, como al barroquismo deslumbrante de Federico Fellini, Emir Kusturica o Fernando Meirelles, todos ellos interesados en trascender el testimonio realista-documental a partir de detalles poéticos o surrealistas (como la decoración de un parque de diversiones) y refrescantes apuntes genéricos o humorísticos. 
Sin embargo, todo hay que decirlo: Si en términos sociológicos el mural resulta sobrecogedor, la resolución dramática de ciertas situaciones apuntan a cierto efectismo que ablanda o trivializa el realismo dominante: un niño somete a sus padres a juicio por darles a sus hijos una vida de perros; la intervención salvadora y providencial de las autoridades (¿dónde estaban hasta ese momento?), la simplista conclusión final de que los males sociales serían menos si la gente se abstuviera de procrear… y varias otras inflexiones que demuestran la intención de la directora de provocar catarsis emotivas que contrarresten la exacta expresión del hambre, la miseria y la explotación, la pedofilia, el tráfico de personas, el maltrato a los inmigrados. 
Nadine Labaki, la directora y guionista, se graduó en estudios audiovisuales en la Universidad de San José, en Beirut, y se hizo famosa mundialmente gracias al espaldarazo de los festivales de cine, que dieron a conocer sus detallados retratos de la vida cotidiana en Líbano, desde su ópera prima, Caramelo (2007), seguida por ¿Y ahora dónde vamos? (2011), sorprendente y seductora combinación de melodrama feminista, cine musical y testimonio sobre la violencia fratricida. 
De modo que Cafarnaún es el tercer filme de Labaki, obra de madurez, convincente, que alcanzó nominaciones al Oscar y el Globo de Oro, a los BAFTA británicos y los César franceses, además de ganar el premio del Jurado en el Festival de Cannes, donde recibió una ovación final de 15 minutos. Los aplausos llegaron espontáneos justo después del epílogo en que Zein, el desventurado protagonista, sonríe por primera y única vez. Y uno, que solo tiene el ínfimo poder que detentan los críticos de cine, le queda el deseo de saludar la llegada al cine de Zain Al Rafeea (el joven actor que se interpreta a sí mismo) como uno de los más notables acontecimientos histriónicos de los últimos tiempos. Aunque jamás lo nominen a un Oscar.
(Tomado de Cartelera Cine y Video, nro. 169)