Los puentes de Madison

“Los puentes de Madison”: nunca la contención pareció tan romántica

Mié, 12/01/2021

Diversas y complejas son las razones que generan una especie de melancólica frustración en Francesca Johnson, la esposa y madre norteamericana, de origen italiano, personaje principal de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Clint Eastwood, 1995), película que recientemente la Cinemateca de Cuba exhibió como parte de su programación en el cine 23 y 12.

Des Moines, la capital del muy frío estado de Iowa, no es Bari, la segunda ciudad de la Italia meridional, y el lugar donde nació y se crió Francesca. Ella es una War Bride, es decir, una mujer europea, italiana para más señas, que se casó con un soldado norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial. De todo esto nos enteramos a través de los diálogos, porque la película se ambienta cuando Francesca ya vive en Estados Unidos, pero ni siquiera en la ciudad de Des Moines, sino en una finca del muy rural Madison County.

El best seller de 1992, escrito por Robert James Waller, y la película proveniente de la adaptación al cine concebida por el guionista Richard LaGravenese (El rey pescador, El espejo tiene dos caras), nos muestran primero a los hijos de esta mujer mientras descubren un secreto de su madre y, luego, en larga retrospectiva, se relata el tal secreto: durante cuatro días del otoño de 1965 el esposo y los hijos asisten a una feria agropecuaria y dejan a Francesca sola en casa; un día, mientras atisba el monótono horizonte, esperando ni se sabe qué, ella ve aparecer un auto, rodeado por una nube de polvo. Lo maneja Robert Kincaid, fotorreportero de la revista National Geographic, que visita Madison County para retratar los puentes techados del área.

Es preciso recordar el argumento, con cierto nivel de detalle, para comprender hasta qué punto el libro y la película verifican en narración la fantasía de una mujer de mediana edad, madre de familia, que alienta, tal vez inconscientemente, el deseo de tener un romance, una aventura intensa en términos románticos y sexuales, una experiencia que la saque, al menos momentáneamente, de una vida gris y monótona.

Desde el comienzo del filme conocemos a Michael y Carolyn, los hijos ya adultos de Francesca, quienes regresan a Madison County para cumplir la voluntad de su madre: que esparzan sus cenizas junto al puente Roseman Covered, y ellos no entienden por qué la madre tomó semejante decisión, en lugar de favorecer la opción de ser enterrada junto a su difunto esposo.

Los hijos de Francesca descubren una carta de despedida y los diarios de la madre, en los cuales explica su decisión de que sus restos descansaran en los puentes de Madison. Desde este punto, el filme describe en retrospectiva el comienzo, esplendor y final del romance entre Francesca y Robert durante cuatro días que estarán añorando el resto de sus vidas.

El hecho de que la protagonista se autorreprima y renuncie a la idea de huir con su amante, a vivir una vida llena de viajes, buen sexo y aventura y continúe su vida rural, sencilla y medio fastidiosa junto a su esposo e hijos ha sido visto por algunos críticos como una de las grandes apologías cinematográficas dedicadas a las personas capaces de sacrificarlo todo para cumplir con las responsabilidades asumidas, sin esperar agradecimiento ni retribución.

Por otro lado, otros analistas aseguran que Los puentes de Madison es un elogio al conservadurismo y al miedo a lo nuevo, porque el amor de Francesca podría definirse, en términos de Silvio Rodríguez, como un amor cobarde que ni el deseo pudo salvar ni el mejor orador conjurar. A pesar de este punto de vista condenatorio de las limitaciones de la buena mujer, ama de casa consciente de sus obligaciones como esposa y madre (y en este punto las feministas arden de ira, solo que no fui yo quien inventó semejante argumento), el filme deleita al espectador con la recreación del brevísimo e intenso romance, contado todo el tiempo desde el punto de vista de Francesca, de modo que sus deseos y, sobre todo, la renuncia a materializarlos constituyen el principal combustible de este melodrama concentrado en la victimización de Francesca a causa de la renuncia a la plenitud, con el consiguiente saldo de frustración o nostalgia derivadas del supuesto estoicismo.

En términos cinematográficos, uno de los principales aciertos proviene de las actuaciones de Meryl Streep y Clint Eastwood en los papeles de Francesca Johnson y Robert Kincaid, respectivamente. Ambos proveen a sus personajes de una naturalidad que permite al espectador la credulidad de una historia de amor entre dos personas adultas y, por tanto, el relato está cargado de parsimonia y verismo, con el propósito de hacer creíble a dos personaje muy fuertes y bien delineados: la ama de casa que se defiende de la tentación a la aventura invocando los sagrados valores de la familia y el fotógrafo mundano dispuesto, tal vez por primera y única vez, a compartir su libertad y aplacar la soledad que rige su destino.

A la manera del cine europeo, que Clint Eastwood conocía perfectamente por haber trabajado durante varios años en Italia, Los puentes de Madison se detiene en la profunda introspección de los personajes más que en sus acciones, respeta sus silencios y presta atención a los pequeños detalles que alivian los patetismos exagerados del libro, como el momento cumbre en que Francesca tiene una última oportunidad de decidir cómo continuará su vida, y en compañía de quién, y la cámara se concentra en el crucifijo, que representa el amante decidido a esperarla o a partir para siempre, y el picaporte del auto, que significa el obstáculo a la salida hacia una vida de aventuras.

En muchas otras escenas, más o menos románticas, irrumpen personajes secundarios, aparecen objetos cotidianos o se recrean situaciones totalmente realistas, que son justamente las que le confieren un marco de credibilidad a esta historia de pasiones desatadas y sentimientos quebrados que, en su versión cinematográfica, se transformó en una de las grandes películas de los años noventa.

(Foto: tomada de Fotogramas)