Lucía

Lucía

Lun, 12/30/2019

Un verdadero clásico, una de las pocas películas excepcionales de los años 60. Con Lucía, de Humberto Solás, empieza a reflejarse el sujeto femenino en evidente actitud precursora: tardará un poco el cine cubano de la Revolución, el cine latinoamericano todo, en dar a la mujer el protagonismo necesario.

Multipremiada desde entonces en diversos e importantes festivales de todas las latitudes, la cinta abordará este peculiar elemento social en un recorrido por períodos trascendentales de nuestra historia: la relación mujer-sociedad reviste en cada uno aristas bien singulares.

A medio siglo de su estreno, la obra de Solás sigue mostrando lozanía, sigue develando hallazgos, dejando ver la mano de un incuestionable artista: su captación de la sicología femenina, o al menos, de sutiles trazos de su ser, siempre en estrecha relación con el medio; las complejas relaciones entre personalidad e Historia fueron medularmente aprehendidas y proyectadas por el entonces joven realizador, algo que, aunque no siempre con el mismo nivel de logros, ha signado toda su obra desde entonces.

La primera Lucía, de 1895, perteneciente a una familia aristócrata que simpatiza con los mambises y ayuda a la causa, es una mujer madura a la que tarde llega el amor; este, que generalmente es imperfecto y lleno de contradicciones, aparece en la figura de un hombre escéptico y oportunista: los sufrimientos, verdaderas torturas que ello implica en esta Madame Bovary de la Cuba del siglo XIX, ofrecen los momentos de mayor concentración dramática y fuerza conceptual del filme, si bien se hubiera deseado que los personajes de la mendiga y el de la amiga, que encarna la excepcional Herminia Sánchez, hubieran tenido mayores desarrollo y relación con la protagonista.

La segunda Lucía (1932) permite seguir la fidelidad de una joven a la Revolución (frustrada) mediante el apoyo a su inexperto esposo, un participante en la lucha clandestina: el ambiente de desengaño, de paulatina decepción que significa sobre todo para la mujer, doblemente atada y sin horizontes, se respira en el episodio.

Con la Lucía de 196... el tono del filme da un giro de 180 grados: los primeros intentos de liberación femenina con el triunfo de la Revolución, su lucha enconada contra los prejuicios sociales, el machismo y las incomprensiones de la pareja son entregados desde una plataforma humorística que aterriza con frecuencia en el brochazo y la caricatura.

Sobresalen en el acápite interpretativo, precisamente las tres Lucías, en sendas frecuencias, como se ha visto, diametralmente opuestas: la gran Raquel Revuelta, desgarrada hasta la tragedia que sella su vida; Eslinda Núñez comunicando la desilusión y el vacío de toda una época; y una verdadera revelación, la campesina sin formación histriónica Adela Legrá, que trasmite lo indómito de una naturaleza tan salvaje como pura. Ellas crean desde sus singularidades una trinidad actoral inolvidable. Entre los hombres, menos lucidos, descuella Adolfo Llauradó como el tozudo machista de la última historia.

Otros valores de la cinta resultan la música de Leo Brouwer, quien diseñó parcelas sonoras acordes con la época y sus instrumentos reinantes (el piano, la flauta, la guitarra); y la fotografía concentrada y precisa de Jorge Herrera, así como la edición cuidadosa de Nelson Rodríguez, también colaborador del guion.

Imperfecciones a un lado, Lucía, de Humberto Solás, es el primer gran fresco de la mujer cubana y latinoamericana, atrapado por nuestro cine desde una mirada inteligente y escrutadora, pionera, sin dudas fundacional.