Mi semana con Marilyn

Mi semana con Meryl Streep

Lun, 13/04/2020 - 14:13

De las dos películas programadas este domingo en la revista cinematográfica Arte 7 se puede decir que están unidas por un mismo tema: el aprendizaje de un personaje joven al lado de una figura consagrada y conocedora. 

En el verano de 1956 se ambienta el filme Mi semana con Marilyn, producida en el Reino Unido, en 2011, y que se inspira en dos libros escritos por Colin Clark, El príncipe, la corista y yo y Mi semana con Marilyn. 
Colin Clark fue asistente en el rodaje de la película británica El príncipe y la corista, protagonizada por Laurence Olivier y Marilyn Monroe, y en ambos relatos, el joven Clark comparte sus experiencias, durante una semana, como auxiliar de una de las estrellas más famosas del cine norteamericano, Marilyn Monroe, quien conoce, a través del joven, el modo de vida y una parte de las costumbres británicas. 

De este modo, el filme resulta, también, en última instancia, un testimonio del choque y de la mutua admiración entre las culturas británica y norteamericana.

En términos de género, se trata de un filme romántico y retro, de esos que miran con nostalgia el pasado y recrean imágenes culturales asentadas en el inconsciente colectivo, porque el fugaz encuentro entre la estrella de las multitudes y su tímido asistente británico resulta un repaso de la fascinación que inspira Marilyn Monroe dentro de cultura popular universal, mientras se esbozan los códigos del cine romántico mediante el súbito deslumbramiento que padece el joven asistente, tan enamorado de la estrella como seguramente lo estaban millones de seres humanos en aquella época; en aquella época y en esta, pues el mito de Marilyn goza de plena vigencia, y la película consigue el milagro de restablecerlo y reciclarlo del mejor modo para el espectador contemporáneo: con los ribetes de lo legendario. 

Desde los ojos del muchacho vemos armarse y desarmarse el mito de Marilyn, ante la adoración del joven británico, por ello, se trata de un filme de aprendizaje, pues esta es la relación de comprensión y solidaridad que establecen el asistente anónimo y la actriz superfamosa, y así tal aprendizaje, en torno a lo que significa ser estrella y a lo que significa ser anónimo, resulta importante tanto para los protagonistas como para el espectador.

Dirigida por el debutante Simon Curtis y coproducida por la división fílmica de la prestigiosa cadena radiotelevisiva BBC, Mi semana con Marilyn posee una eficacia que descansa sobre todo en una puesta en escena pausada, eficaz, muy hábil para ilustrar los detalles epocales, como la conversión de un aeródromo moderno para representar el aeropuerto de Londres y recrear la llegada de Marilyn a esta ciudad. También se reconstruyó escenográficamente el antiguo set de los estudios Pinewood donde se rodó El príncipe y la corista, en 1957. 

En ese mismo set se grabó en 2011 Mi semana con Marilyn, cuya principal virtud radica, tal vez, en los desempeños de los protagonistas. El filme tal vez hubiera sido imposible si no contara con Michelle Williams, una de las mejores actrices de su generación, interpretando a una Marilyn Monroe que ha resultado creíble y verdadera para la mayor parte del público y los especialistas, además de ganarse el prestigio que conllevó las nominaciones al Óscar, el Globo de Oro y el premio de la academia británica.

Michelle Williams consigue, a ratos, el mimetismo perfecto a través de la imitación de los gestos, la dicción e incluso la mirada de una actriz a quien todo el mundo conoce, una mujer difícil de interpretar en tanto ocultaba diversas frustraciones y neurosis detrás de la máscara del éxito y la fama.

El actor británico Eddie Redmayne vuelve a demostrar su categoría estelar (recordar sus intervenciones en Los miserables y La chica danesa). Y en el reparto figuran también el actor y director Kenneth Branagh, quien interpreta a la perfección a un Laurence Olivier que oscila entre la reticencia y la aceptación de una actriz cuyo magnetismo indiscutible constituía algo así como un halo inexplicable, en lugar del papel que en otros actores ocupan la disciplina y el talento educado, como ocurría con el personaje de Laurence Olivier, a quien se le consideró uno de los actores más prestigiosos del cine y el teatro británicos entre los años treinta y los setenta. Kenneth Branagh ocupa un lugar similar en los últimos treinta años, de modo que resultó el intérprete idóneo de Olivier. 

Debemos mencionar, al menos, un grupo importante de intérpretes británicos de primer nivel que intervienen en la película, como Emma Watson en el papel de la pareja del protagonista; Judi Dench, una de las figuras más admiradas del cine británico reciente, y la siempre recordada Julia Ormond, quien debe interpretar en muy pocas escenas la personalidad compleja de Vivien Leigh, célebre intérprete de Lo que el viento se llevó y Un tranvía llamado deseo. 

A partir de este grupo de excelentes interpretaciones, de su plausible aire romántico y evocador, y de sus múltiples referencias al mundo del cine de los años cincuenta, Mi semana con Marilyn se transforma en una producción que trasciende lo histórico y biográfico con el valor añadido de sus muchas citas cinéfilas. Es una película cuyo guion incurre en que se realizó pensando en los espectadores que admiran el cine norteamericano de esa época, la cultura británica de siempre, y para todos aquellos que piensan que al mito de Marilyn Monroe todavía le queda mucho por decirnos. 

Si Mi semana con Marilyn es una película de aprendizaje sobre la fama y lo que significa ser estrella, El diablo se viste de Prada ajusta similares temas al mundo de alta moda. Inspirado en la novela homónima de la periodista Lauren Weisberger, quien relató sus vivencias cuando tuvo que permanecer de auxiliar de una importante mujer en el mundo de la alta moda, personaje inspirado en Anna Wintour, la editora de la revista Vogue. 

Por estos caminos, inspirados en hechos y personajes reales, el filme trata de reconciliar este argumento de atracción-rechazo entre la importante empresaria y la joven periodista, con una trama típica de comedia romántica, en la cual la muchacha se ve precisada a elegir entre el progreso de su vida profesional junto a la magnate de la alta moda y la continuidad de una vida doméstica en compañía de su novio. 

Todo el brillo que posee la parte que se ambienta en el mundo de la moda, el brillo en cuanto a decoración, vestuario, montaje y actuaciones, está ausente en la zona del relato, mucho más anodina y predecible, sobre la relación de la muchacha con su novio posesivo.

La dirección de David Frankel, quien procede de la televisión, específicamente de dirigir varios capítulos de la exitosa serie Sexo en Nueva York, le imprimió a esta película un estilo narrativo muy parecido. La película fue realizada en 2005 y pretende criticar, muy suavemente, la extrema competitividad del mundo de la moda y, por supuesto, dispone también de una evidente carta de triunfo en la actuación de Meryl Streep, quien se anotó con esta película, y con la posterior Mamma Mia, los dos más grandes éxitos de taquilla en su carrera. Streep es secundada por Anne Hathaway, quien interpreta con solvencia su papel de apoyo al lucimiento de la consagrada actriz, al igual que Emily Blunt. 

El verismo de la película se incrementa cuando el espectador conoce que el personaje de Meryl Streep se inspira en el Anna Wintour, la superexigente editora de la revista Vogue, además de la presencia de grandes personalidades del mundo de la moda, como el diseñador Valentino Gavani, quien se interpreta a sí mismo, y la supermodelo Gisele Bündchen, quien es Serena. Asimismo, está el hecho de que esta película devino en uno de los filmes con vestuarios más caros de la historia. 

En medio de este culto a la elegancia y al consumo, El diablo se viste de Prada también parece defender el derecho de los genios a las prácticas humillantes y excéntricas en el trato con los subordinados. De todas formas, se trata de una caricatura de un mundo dominado no solo por el talento de los diseñadores, sino también por el culto a la personalidad, el chisme y la superficialidad, y si bien el filme cuenta con grandes defensores, también existen numerosos críticos que rechazaron su visión complaciente y su defensa indirecta del autoritarismo y la extravagancia de muchos en el mundo de la moda.