Toshiro Mifune

Mifune, actor de mundo

Mié, 26/08/2020 - 08:30

Cuando vemos bailar medio ebrio a Ánimas Trujano en la película homónima de 1961 del director mexicano Ismael Rodríguez, nos percatamos del atrevimiento interpretativo del japonés Toshirō Mifune (1920-1997). Aunque recordar su nacionalidad tal vez sea reducir la capacidad de un actor que no se limitó casi a ninguna frontera cultural. Su propio nacimiento en una provincia de China marcaría su inconformidad para permanecer confinado a fronteras territoriales.

Mifune sería dirigido, entre otros, por Senkichi Taniguchi, Kajiro Yamamoto, Kihachi Okamoto, Toshio Sugie y, sobre todo, Hiroshi Inagaki y Akira Kurosawa. Al trabajar en otros países se pondría bajo la batuta de Terence Young, John Frankenheimer, William Richart, Jerry London, John Boorman y hasta Steven Spielberg.

Luego de su reconocimiento mundial, Rodríguez lo llamó para su personaje principal en Ánimas Trujano. Se ha dicho de todo sobre su incursión en esta hermosa obra mexicana. Pero la verdad es que no fue doblado por Narciso Busquets. Mifune fue capaz de aprender los diálogos fonéticamente, vulgarizar gestos y semblante acorde con ese personaje que, a toda costa, quiere ganarse el respeto y ser importante a fin de adquirir la categoría de mayordomo. En 1966 repetiría la experiencia, pero en inglés, al trabajar con Frankenheimer en Grand Prix.

Por colaborar con directores diferentes de su país y el mundo fue que Mifune se interesó en construir personajes que, si bien tributaban a arquetipos de su país como el samurái, héroes de guerra y detectives, fue capaz de diferenciar con cada actuación según los pedidos del guion y cada director. Más allá de Rashōmon (1950) y Los siete samuráis (1954), repárese en sus tempranas interpretaciones en El ángel borracho (1948) y Duelo silencioso (1949), en las que ya se veía el actor que ofrecería papeles inolvidables.  

Antes de ser celebrado por el policiaco El perro rabioso (1949), ya se sabía de su comodidad en el drama y, en especial, el cine negro. En el mismo año que se estrenaron Sin ley y sin alma (Robert Siodmak), Los amantes de la noche (Nicholas Ray), Soborno (Robert Z. Leonard) y El tercer hombre (Carol Reed), Kurosawa, inspirado en las novelas de Georges Simenon, trama un policiaco sobre la culpa y con un elemento constante, que es literal y simbólico como el calor. Las altas temperaturas en los espacios internos y en las propias afueras de la ciudad llegan a asfixiar con toda intención al espectador y provocan una atmósfera de opresión y duda. Apreciamos a un Mifune joven, que sabe de qué va la historia. Acaso sea una de sus interpretaciones más calmadas por exigencias de guion.

Relacionar a Mifune con películas solo de samuráis es desconocer su monstruosa colaboración para el cine. Incluso, cuando interviene en Sol rojo (1971), el spaghetti western de Terence Young, el personaje del samurái es efectivo como pareja del de Charles Bronson en su persecución del bandido traidor representado por Alain Delon.

Sol rojo, sin proponérselo, al hacer pelear a dos personajes de distintas culturas: uno con el revólver, el otro, con la catana, vaticina un año después no el futuro escenario donde ocurrirá otro combate más, sino la gran pelea coreografiada por Chuck Norris y Bruce Lee en El regreso del dragón, con las implicaciones y connotaciones culturales que sabemos el encuentro violento posee.

¿Dónde aprendió a actuar Mifune? ¿Dónde está el secreto de su capacidad? Es sabido que un amigo lo impulsó a la actuación y, aunque sería despreciado en un casting, un director (Kajiro Yamamoto) lo recomendaría a uno grande (Senkichi Taniguchi). El estrecho vínculo profesional y la amistad con Kurosawa llegarían después. Alrededor de 15 filmes haría con el director más tildado de occidental en su país. Aunque esto pudiera considerarse insignificante, habida cuenta de que participó en más de 150 películas y, por si no fuera ya suficiente, lo veríamos también en la miniserie de 1980 Shogun: Señor de los samuráis.

Hablar entonces de cada película de Toshirō Mifune sería un desatino. Al respetable actor se le ha biografiado tanto o más que a muchos directores. Sus hechos en la pantalla grande le han correspondido a las palabras de críticos e historiadores.

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