Ciudadano Kane

Ochenta años del estreno de “Ciudadano Kane”

Mié, 10/06/2021

(…) no prefiero improvisar, sencillamente es que nadie improvisaba hacía mucho tiempo.

(De una entrevista de André Bazin a Orson Welles a propósito de Ciudadano Kane)

                    

Me gusta John Ford. Fue un director con una sensibilidad artística y gusto temático que le permitió dirigir lo que le viniera en gana. Pero, de su filmografía, ¡Qué verde era mi valle! (1941) me sigue pareciendo tan grandilocuente, que solo me animo a volver a verla por su fotografía, la dirección de actores y porque Ford siempre fue un cineasta tan meticuloso que sabía dónde poner la cámara. Ese drama costumbrista ambientado en el siglo xix le ganaría en casi todos los apartados (mejor película, director, actor de reparto, fotografía en blanco y negro, decoración en blanco y negro) a Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) en la ceremonia de la entrega de los Premios Óscar. Este año se cumplen ocho décadas del estreno de dicho clásico.

Welles, que admiraba tanto a Ford como Ingmar Bergman, tuvo que recoger solo la estatuilla en la categoría de mejor guion original, cuyo autor principal fue Herman J. Mankiewicz. A quien no se acreditó fue al guionista John Houseman. El director le rogó a Mankiewicz que no figurase en los créditos, mas el prestigioso guionista le llevó la contraria. Ese Óscar de 1942 fue compartido. Esto no deja de ser interesante y hasta consignado cual represalia de la vida porque —como recuerda Guillermo Cabrera Infante “Caín” en Cine o sardina— Welles le daría la idea de Monsieur Verdoux (1947) a Charles Chaplin, a quien le exigió mucho por el crédito. Ambos genios terminaron complacidos.

Welles luego se sumaría en 1971—como Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Deborah Kerr y otras personalidades consideradas tardíamente por la Academia— a aquellos que obtuvieron el Óscar Honorífico en virtud de su trayectoria profesional. Tal parece que lo quieren hacer con Glenn Close, quien quizás terminará rechazando “tamaño reconocimiento”.

Se suele pensar que el personaje de Charles Kane (Orson Welles) está inspirado únicamente en el magnate de la prensa amarilla William Randolph Hearst. No obstante, Mankiewicz y Welles se pusieron de acuerdo para remedar actitudes de otras figuras como Howard Hughes y Samuel Insull. Hasta el mal genio de Welles se le añadió a un hombre poderoso, cuya muerte desencadena el conflicto misterioso de quien deja caer una bola de nieve para después pronunciar la palabra rosebud (capullo de rosa).

Lo detectivesco anima al periodista Jerry Thompson (William Alland), resuelto a averiguar sobre la vida privada de Kane. Desea saber el significado de la última palabra que aquel expresara. Para ello avivará la memoria de amigos y conocidos del otrora influyente hombre. Más adelante descubrirá que la palabra dicha alude a un trineo y, por consiguiente, a la nieve, el pasado y la candidez de la infancia, cuando no sospechaba en absoluto del hombre que llegaría a ser.

Si bien Ciudadano Kane le hace honor al Óscar que obtuvo por su guion, la película es un alarde de estructura y narración remarcadas por los logros técnicos y artísticos. El barroquismo presente en esa visualidad calculadamente estética y simbólica la consigue Welles por su osadía experimental. Resaltan la profundidad de campo y el uso de enormes angulares, superposición de imágenes, el empleo de las luces y sombras que, heredado del expresionismo alemán, devino una reelaboración a partir del llamado sistema triangular de luces en los encuadres (el aporte del excelente fotógrafo Gregg Toland fue imprescindible junto al director de arte Perry Ferguson), el reflejo del semblante a través del cristal roto, los constantes contrapicados, el flashback… en fin.

Las soluciones visuales del cineasta provocaron más admiración que desasosiego. La que también fue conocida como RKO 281, no pudo ser indiferente. Su propia historia lo confirma: ni cuando se pensó o se estaba rodando y menos en su posproducción y estreno. Para quienes pensaron en algún momento que Orson Welles era solo un amante rígido de la tecnología, Peter Bogdanovich lo desmentiría cuando conversó con él: “¿Qué le responderías a alguien que te preguntara qué habría que enseñar a un grupo de personas que quieren ser directores de cine?”1. La respuesta de Welles vale en su totalidad, aunque me interesa más hacia el final por lo que responde: “Una película debe y tiene que ser un reflejo de la entera cultura del hombre que la hace, de su educación, su conocimiento humano, su capacidad de comprensión. Todo esto es lo que informa una película”2.

La crítica de la época supo lo que era Ciudadano Kane. Pero muchos espectadores no la comprendieron del todo. De ahí los bajos ingresos que impidieron recuperar lo invertido. No obstante, sería degustada un poco más añeja por los franceses y se fue revalorizando incluso en los Estados Unidos. Se reestrenó allí en 1956 y la recepción fue en general muy diferente a la de 1941. Con influjo o no de la opinión prestigiosa del crítico estadounidense Roger Ebert, sigue siendo considerada la mejor película de la historia del cine. Por mi parte, prefiero La dama de Shanghái (1947) y Sed de mal (1958). Pero reconozco que la segunda película de Orson Welles no ostenta la condición de clásico de la cultura mundial por capricho o favor. De hecho, se pone mejor al pasarle el tiempo.

 

Referencias bibliográficas:

1 Bogdanovich, P. (1992). Ciudadano Kane. Editorial Grijalbo: España.

2 Ibídem