Falling in love

¿Qué se puede hacer con el amor?

Vie, 10/29/2021

La pregunta retórica lanzada por Silvio Rodríguez en su hermosa canción homónima encuentra respuestas en filmes como Falling in love (Enamorarse, Estados Unidos, 1984), exhibida en reciente entrega del espacio Amores difíciles (Cubavisión).

Realizada por el belga naturalizado estadounidense Ulu Grosbard (Georgia, The Deep End of the Ocean...), es uno de esos “dramas sentimentales” que tanto se han visto antes y después desde que el mundo es mundo, desde que el cine es cine, en el cual dos seres como destinados uno al otro se encuentran y desencuentran, arrostran todo tipo de obstáculos familiares y sociales hasta que ocurre lo inevitable.

No en balde algunos países hispanohablantes le endilgaron el poco original título Amor a primera vista, aunque en puridad no de otra cosa se trata.

El guion (Michael Cristofer) no tiene nada de audaz ni de una evolución que se aparte un centímetro de lo habitual en este tipo de obra; los diálogos no llegan a ser banales, pero tampoco son de esos que dejan a uno pensando o “rumiando” lo enunciado en ellos. Incluso, la trama no puede ser más “políticamente correcta”. En los Estados Unidos conservadores y republicanos del ultraderechista Reagan no cabía un texto muy removedor y desafiante que legitimara el adulterio o significara una amenaza para el modelo de familia tradicional por él promovido.

Por ello la pareja no logra consumar su unión real hasta que cada uno de sus miembros no está “soltero y sin compromiso” y tiempo después de sus respectivas rupturas, por mucho que estas fueran motivadas por su no consumada relación.

Hoy Falling in love nos puede resultar ingenua y hasta pacata, con la música (Dave Grusin) bonita pero melosa y en ocasiones de excesiva incidencia diegética, o la fotografía preciosista de Peter Suschitzky, encargada de revelarnos el siempre apasionante y festivo Manhattan, sobre todo en Navidad; apoyados en el esmerado montaje (Michael Kahn) que propicia fluidez a ese relato, no muy ocupado a propósito de integrar mejor y con un poco de mayor presencia dramática a ciertos personajes secundarios que no obstante recayeron en hombros tan sólidos, histriónicamente hablando, como los de Dianne Wiest y Harvey Keitel.

Pero, hablando de este rubro, lo que más determina el goce pleno y la empatía que aún establece el filme con un público amplio son los desempeños protagónicos de los entonces muy jóvenes Robert De Niro y Meryl Streep. Él, quien con los años se amaneró bastante sobre todo con una gestualidad facial que rayaba la caricatura, en esta inicial etapa ―y clásicos como El padrino II, Taxi driver o New York, New York― despuntaba como el gran actor que logró ser. Ella prosiguió su meteórica y ascendente carrera ―en una reciente serie la encontré también un tanto estereotipada―, pero aquí hay que aplaudir el inteligente casting que los eligió: más por lo que callan y sugieren que por lo que dicen, por su repertorio de transiciones y emociones, de miradas y gestos, separados o juntos, constituyen, sin dudas, lo mejor del filme.