Frank Padrón, Rufo Caballero y Senel Paz

Un cabal caballero de la crítica

Vie, 10/01/2021

Entre los nacimientos importantes para nuestra cultura que recordamos en octubre está uno que justamente inaugura el mes: el día 1.o nació en Cárdenas, Matanzas, Rufo Caballero Mora (1966-2011). Este es, entonces, momento oportuno para evocar al compañero que se nos fue prematuramente, cuando aún tenía tanto que dar en sus disciplinas: la crítica de arte, el ensayismo, el magisterio.

Autor de libros que son referencia para el pensamiento cinematográfico y en general artístico de la isla y mucho más allá (Sedición en la pasarela..., Rumores del cómplice..., Un pez que huye..., Lágrimas en la lluvia...), controvertido y polémico en su vida y obra, profesor seguido y estimado por sus muchos alumnos ―algunos de los cuales son hoy figuras destacadas en el análisis de textos―, Rufo resulta todo un paradigma dentro de la profesión.

(Anti)academia y hedonismo

Lo que más echo de menos en Rufo es, acaso, los emails que sistemáticamente engalanaban mi correo electrónico con el título invariable de Academia. Nosotros teníamos una práctica que era la de rebautizar a medio mundo intelectual en la isla y fuera de ella, pero sobre todo de aquí. Ya cuando nos conocimos, a inicios de los años noventa del siglo pasado, época en que comenzaba a moverse por los medios intelectuales (para instalarse definitiva e inamoviblemente en ellos), yo gastaba esa manía que a él, lingüista y jugador con las palabras, amante como yo de neologismos y paronomasias, le fascinó desde el principio.

Nos reíamos con frecuencia porque él me proponía muchos de esos rebautizos a los que yo le contestaba: “Muy bueno, querido, (y en realidad lo eran), pero ya esa persona está inscrita con el siguiente mote”, y allá iba eso; entonces él decía que era el secretario ejecutivo de esa particular y tan nuestra Academia y que yo era el presidente, mas, como a pesar de todo (fundamentalmente de gente nueva, artistas e intelectuales que debutaban en la arena pública) no fueron pocos los nombres que logró (im)poner, yo le decía que estaba a punto de destronarme del “puesto”.

Así eran nuestras bromas, nuestros frecuentes juegos, que no excluían para nada la seriedad y el rigor cuando del trabajo y la obra se trataba; en esa misma línea de apócrifos y heterónimos que también signa una parte de mi poesía (afirmaba que, con todo y mis condiciones de crítico y ensayista, soy sobre todo un poeta) él no pudo menos que prologar un libro de este corte: Pura semejanza (2003, Editorial Loynaz) que, si bien considero no me quedó del todo mal, tiene dos lujos indiscutibles: las ilustraciones de portada de mi coterráneo Pedro Pablo Oliva y las palabras introductorias de Rufo: su bellísimo texto “De los frágiles abismos”, que cada vez que leo (ahora más) me emociona hasta las lágrimas. Comparto un fragmento:

“Aquí están, con los versos otros, los momentos de desasosiego, las dudas ante el espejo, Flaubert llamando furioso a sus amigos para leerle la misma cuartilla, Rufo Caballero disparándole un ensayo completo a Frank Padrón por teléfono, que es decir, la rabia y la grandeza de la creación, la energía violenta, sangrienta y noblísima de la gente que experimenta muy adentro el ansia de compartir sus emociones”.

Emociones, pasiones, confrontaciones que sí, compartimos muchas, incluyendo la polémica. Él consideraba que esta era no solo legítima y necesaria, sino que podía ser valiosa, enriquecedora. De modo que, aunque coincidíamos generalmente en un credo estético y ético, lógicamente había como en todo exégeta (o simplemente humano pensante y opinante ) divergencias puntuales ante determinadas obras, que dirimimos respetuosa y provechosamente en las páginas de El Caimán Barbudo, Juventud Rebelde, el Diario del Festival, nuestros libros o el espacio televisivo De nuestra América, adonde lo invité más de una vez, pero donde quedó muy complacido (como la propia dirección del ICRT y muchísimos telespectadores) con la fraterna discusión pública en torno al filme Tony Manero (Chile).

Así era de respetuoso con el criterio ajeno, con el juicio del otro; por mucho que argumentara sus posiciones (y bien saben sus lectores y receptores audiovisuales de qué modo lo hacía), para él eran simplemente intocables, sagradas, las de sus compañeros, alumnos y público, sobre todo cuando estaban debidamente fundamentadas, aun cuando se alejaran a millas de las suyas.

Por eso, con su tan especial sentido del humor, se reía literalmente cuando algunos hablaban de rivalidad entre nosotros. Siempre respondía que no solo éramos colegas, sino buenos amigos, lo cual no quita que, justamente como ocurre en todo tipo de relación estrecha, alguna que otra vez nos “fajáramos” y disgustáramos, algo que por supuesto, no duraba nunca más de una semana.

Respecto a mí, mucho menos sentí jamás esa absurda rivalidad, primero, pues siempre he sabido que todos tenemos un (aunque sea pequeño) lugar bajo el sol, que somos útiles si sabemos encauzar nuestros dones y talentos adecuada y certeramente, pero sobre todo, pues no caben tales porfías con seres que, como Rufo, pertenecían y pertenecen al Olimpo, al reino de los elegidos.

Le llamaba Cábala no solo como rejuego morfológico con su apellido, sino aludiendo a la corriente sacra de la mística y la sapiencia judía; aunque le llevaba unos años y había comenzado 10 antes en los medios, yo sabía que en más de una materia teórica y cultural me aventajaba, como a la mayoría de nuestros colegas, de modo que, lejos de molestarme, me retaba, me impulsaba a nuevos desafíos y, por supuesto, sobre todo, aprendía con ello, con él, que así todo, y pese al título de sus añorados emails, era justamente la antiacademia.

Con el hedonismo de los griegos disfrutaba de cada pequeña o inmensa cosa: una conferencia, una clase, una conversación, un libro, un filme, una obra pictórica o un baño en las playas aledañas a su tan querida Villa Coral (de la UNEAC), donde a veces coincidimos.

Así lo recuerdo, riendo siempre, profundo y analítico, mas, siempre sencillo y grato. Por eso, cuando ya habiendo partido llamé una vez a su casa y salió su voz desde el contestador recordándonos que habíamos llamado al cielo, pero que ante un mensaje inteligente él podía aparecer, yo sentí unas inmensas ganas de juntar toda la inteligencia del mundo para que al menos, una vez más, él interrumpiera el contestador al escuchar mi voz y volviera a colmarme con una de sus largas y provechosas charlas que yo guardo, junto con sus libros, sus comparecencias televisuales, sus artículos, pero sobre todo su franca y sincera amistad, entre mis más valiosos tesoros.

(Foto: en una Feria del Libro, San José de las Lajas, con el narrador Senel Paz)