Medianoche en París

Woody Allen resucita espectros junto al Sena

Jue, 08/10/2020 - 08:15

Cansado de ser criticado por sus angustias y melancolías, por el aura intelectual y pesimista de la mayor parte de sus películas, Woody Allen estaba decidido, en 2012, a confeccionar su filme número 41, una suerte de piedra filosofal cinematográfica que satisficiera, a la vez, a sí mismo, a los más amplios públicos y a los críticos, eternamente inconformes. Así fue concebida la comedia surrealista con fuerte componente retro y “culturoso” que es Medianoche en París.

Con el pretexto argumental de la pareja de norteamericanos que viaja a París, Woody Allen se mantiene fiel a las principales obsesiones de su cine anterior (subjetividad, deseos y frustraciones en torno a una pareja, señales autobiográficas, frondosa intertextualidad, regusto europeo…) y nos cuenta la historia de este guionista de Hollywood que sueña con escribir una novela. Tal vez la Ciudad Luz todavía sea capaz de proveer musas como aquellas que inspiraron en los años 20 y la era del jazz a Ernest Hemingway o Scott Fitzgerald.

El director y guionista revela rápidamente sus intenciones de mixturar fantasías, culturas, tiempos y espacios, cuando el propio Fitzgerald y su esposa aparecen, exultantes, en una fiesta nocturna adonde llega súbitamente el protagonista. El guion jamás provee explicaciones racionales a la existencia de este mundo alternativo. La circunstancia que parece algo así como una excusa, consiste en que el novelista decide relatar la historia de un hombre que trabaja en una tienda de antigüedades, y así el autor, el protagonista, y el personaje que el protagonista inventa, se pueden sumergir en la época y el lugar que adoran: precisamente París, en los años 20.

El desfile de celebridades incluye a Hemingway y Fitzgerald solo como parte de una comparsa de ilustres personajes, todos convocados por la vívida nostalgia de Woody Allen. Así aparecen, episódicos y sustanciales, Luis Buñuel y Salvador Dalí, Pablo Picasso, Gertrude Stein y Cole Porter, entre muchas otras celebridades. De modo que este álbum de grandes figuras resultará más o menos luminoso en dependencia del conocimiento del espectador sobre quiénes fueron cada uno de ellos y sus respectivos aportes a la historia cultural del siglo pasado.

Ingeniosa y agraciada como muy pocas películas norteamericanas de la década que recién concluyó, Midnight in Paris fue la película más taquillera de Allen en los Estados Unidos, aunque sería injusto tratar de adivinarle complacencias y populismos por el solo hecho de que el autor consiguió, finalmente, conquistar la taquilla de su país. Y aunque a mí, en lo personal, el filme me parece mucho menos sugestivo y profundo que algunas de sus grandes obras (ver página 5), se trata de una obra muy superior al aurea mediocritas del cine norteamericano, ese que gana Óscares y abarrota taquillas.

Para atraer sí o sí la atención del espectador culto, Allen se auxilia de un elenco seleccionado con pasmosa exactitud (desde los protagónicos de Owen Wilson y Rachel McAdams hasta los episódicos de Kathy Bates, Marion Cotillard, Adrien Brody o Tom Hiddleston), y además dispone del as de corazones: París, fotografiado de noche, con reflejos dorados, por el inmenso Darius Khondji (Evita, Belleza robada, Seven). 

Por supuesto que no es la mejor película de Woody Allen, pero tampoco importa el lugar que ocupe en cada selección. Medianoche en París es tan ligera como seductora, tan complaciente como sagaz, intento feliz de viajar al pasado mediante el sortilegio de la imaginación y la inteligencia. Y nada es imposible para el cineasta que sacó de la pantalla del cine a un héroe de mentiritas, para que rescatara de su infortunio a la pobre de Mia Farrow. 

(Tomado de Cartelera Cine y Video, no. 178)