Elpidio Valdés

Y los niños salvaron a Elpidio…

Vie, 14/08/2020 - 08:20

Las aventuras de Elpidio Valdés siempre me han transmitido pasión por la historia de Cuba, sabiduría popular, picardía, un infinito humor, autenticidad, patriotismo del bueno, sentimiento desenfadado por la idiosincrasia del cubano, admiración por su rebeldía, su ingenio, su valentía, respeto por sus luchas, la riqueza de nuestra ingenuidad popular y de nuestra bondad. Seguro muchas de mis vivencias de niño en la finca de mis abuelos, mi pasión por los caballos y las historias de mambises contadas por mi abuelo se fundieron en una sinergia indesligable con las imágenes, los colores, el movimiento y las peripecias de los dibujos animados de Juan Padrón.

No puedo recordar a qué edad la habré visto por primera vez, pero nunca podré olvidar el impacto que me causó la recreación costumbrista del primer largometraje de Elpidio Valdés (1979), porque la “corrida de torneo” y las peleas de gallo me apasionaban, y quizá me sorprendió verlas ilustradas en el televisor. Esa secuencia memorable no tiene desperdicio. Elpidio, que pronto se convertiría en un destacado líder mambí, baja al poblado con su padre, un veterano de la Guerra de los Diez Años. Es el día del alzamiento, pero antes hay tiempo para correr torneo, y logra ensartar la argolla a todo galope, se enfrasca en una controversia con Mediacara en la taberna, don Cetáceo le disputa a María Silvia, todo ello precedido por la metáfora de más hondas raíces populares que pueda haber: la pelea de gallos, sublimación simbólica de la hombría, la gallardía, la valentía de los guerreros. Cuando Elpidio es apresado después de la riña con Mediacara, este dice: ¡un gallito mambí!

Juan Padrón tuvo que desarrollar el perfil de su héroe mambí en plena década del 70, momento en el que, no digamos lo dibujos animados para niños, sino hasta el arte más “elevado” estuvo llamado a cumplir una función didáctica que reafimara los valores positivos de la ideología revolucionaria socialista. ¿Cómo desarrollar historias en las que se pudiera lucir un héroe militar criollo, cumpliendo una función de entretenimiento a la vez que pedagógica, para trasmitir conocimientos históricos a los niños, valores y conductas positivas, etcétera, sin sucumbir en el panfleto didáctico e ideológico más llano? Difícil. Se necesita mucha creatividad, imaginación, sentido del humor, conocimientos históricos, culturales, psicológicos, aptitudes pedagógicas, intuición para pulsar la sensibilidad infantil, maestría narrativa, más todo el dominio técnico necesario del cine y en especial del mundo de la animación.

Todas esas virtudes que palpitan con desenfado y autenticidad en sus muñes son las que hacen que la obra de Padrón posea el don (que no abunda mucho) de un valor artístico que se agiganta con el tiempo, porque su significación es profundamente humana, lo cual quiere decir universal.

Uno que nació en los 80 puede pensar, ingenuamente, que un artista de su talento, que trabajó durante décadas en la creación de dibujos animados con un alto contenido humano, pedagógico, artístico, lo tuvo todo fácil. Pues no. Y es doloroso saberlo. ¡Hasta hubo intento de boicotear el personaje de Elpidio Valdés! Cuando salieron los dos primeros episodios en 1974, el animado fue inmediatamente congelado durante dos años. ¿La razón? Funcionarios con sobreabundancia hermenéutica que le interpretaron como si se tratara de un Superman cubano que alentaba el heroísmo individual. Contó Padrón: “Es así, uno siempre tiene iluminados en el camino. Pero en el caso de Elpidio fue el público el que lo salvó, los niños, que enviaban muchas cartas pidiéndolo”.

Es decir, los niños, mucho más sabios que el funcionario de turno, salvaron a Elpidio, porque sabían desde la intuición más pura que era genial.

(Tomado de Cartelera Cine y Video, no. 177)