El Poeta del Estadio

Me sorprendieron las paredes altas, la distancia kilométrica entre suelo y techo. Me sorprendió la austeridad. También me sorprendió la austeridad. Pero indudablemente, lo que más me sorprendió fue la amabilidad de Ariel Fernández, quien desde el primer momento me abrazó como si me conociera de toda la vida, y me dijo: “pasa, pasa para acá, que te voy a preparar café”. De la sala a la cocina tuve que caminar un buen trecho. Les digo que era una casona enorme, de verdad se los digo.

Por el camino se me fueron quedando detalles por el estilo de un afiche del Barcelona por aquí, un trofeo de repentismo por allá, un televisor pequeño por aquí, una caricatura de Ández por allá, un recorte de periódico enmarcado por aquí, par de guitarritas de juguete por allá.

En la cocina, Ariel Fernández preparó la cafetera. Entonces recordé que además de saberlo poeta, chofer, productor de la peña de Los hermanos Novo, padre y maestro de Marcos David Fernández Brunet, El Quíquiri de Cisneros, prácticamente desconocía a la persona que en ese momento me estaba abriendo de par en par las puertas de su casa.

Y debo aclarar, además, que en ningún sentido me fue fácil arrancarle confesiones personales. Por eso, al principio la conversación fue una especie de fact checking en la que yo le decía lo que me había contado Marcos David, y él confirmaba, negaba, o esclarecía. A veces, de tan emocionado que estaba con su propio cuento, se agarraba de los pelos para decirme que en el Festival del Caribe la gente se agarraba de los pelos cuando veía al “Quíquiri”, con solo cinco añitos, improvisar como si tuviera muchísimos años más.

“Le puedes preguntar a Emiliano Sardiñas”, me dijo.

Pero mejor volvamos al cuarto del medio de la casona, tal y como hicimos aquel día.

Daniel, su hijo mayor, está sentado en una esquina de la cama; yo, en otra. Ariel, acomodado en el suelo y con la espalda apoyada en el escaparate, va seleccionando de un bultico de memorias USB la que considera tiene tal video o más cuál controversia.

Después regresamos a la cocina. Ariel Fernández se sienta muy cerca de Daniel. Lo veo cruzar las piernas de esa manera en que cruzan las piernas las personas delgadas. Muslo sobre muslo. Así mismo se sienta “El Quíquiri”, pienso.

Ariel Fernández lee un periódico en el que aparece un trabajo sobre su hijo
Marcos David Fernández Brunet, El Quíquiri de Cisneros. /Foto: del autor.

Háblame un poco sobre ti, Ariel Fernández. Háblame de tu libro Cáscara de coco, de tu trabajo, de la manera en que llegaste a la décima. Le digo. Pero Ariel Fernández parece un gallo con ese quiquiriquí constante.

Al rato me cuenta que desde pequeño le gustó la décima, así como todo lo que tuviera que ver con la tradición campesina, aunque en realidad “no era del campo ni tenía tradición campesina de ningún tipo.

“Jamás pasé por talleres literarios ni tuve profesores que me enseñaran con regularidad. Yo empecé solo, hasta que vino un amigo y me mostró la estructura de la décima, porque imaginó que me iba a gustar”.

El primer poema que hizo, según recuerda, fue un soneto. Y “para contra” alejandrino, embullado un poco por la Sonatina de Rubén Darío.

En el año 2002 nace Marcos David. ¿Qué hacías tú en aquel entonces?

“Era un ‘fresco’ que iba a las peñas campesinas del (parque) ‘Villuendas. No improvisaba. Yo no soy improvisador. Los poetas avezados dicen que sí, pero que tengo miedo. En realidad puedo improvisar un poco. Un poquito. Pero más bien soy dado a la escritura”.

¿Se puede decir que la mayor parte de tu obra es poesía?

“Es poesía. Por cierto, cuando se pensaba que yo iba a hacer un libro de sonetos o un libro netamente de décimas, lo que presento para formar parte del catálogo de escritores es un libro de poesía infantil”.

Actualmente Ariel es productor del Centro Provincial de la Música y los Espectáculos Rafael Lay. Trabaja con Los Novo en la peña La Trova de Guardia.

“Soy el productor de la peña y soy el decimista de la peña. También estuve seis años, por mi frescura, siendo el eje de un proyecto que para mí fue maravilloso y por el que me reconoce la gente como ‘El Poeta del Estadio’, que consistió en hacer la cronología de los juegos del equipo de pelota, diciendo en décimas, juego a juego, lo que pasaba en el terreno”.

Le puso sus sentimientos / Lazo a la “Cientocincuenta” / Jonrón por los tres noventa / Jonrón por los cuatrocientos. / Con los mismos pensamientos / Ibáñez cumplió misión /  Y el equipo subcampeón / Preguntaba turulato: / ¿Cómo es posible que un “Gato” / Pueda ganarle a un León?  (Décima del juego IND Vs. CFG, enero de 2008)

Cuando le pregunto, casi por inercia, si se dedica a algo más, Ariel responde:

“Bueno, en realidad soy técnico medio en Montaje, Explotación y Reparación de Reactores Nucleares. Decirte eso, y decirte nada, es lo mismo”.

¿Pero fuiste a estudiar a la URSS?

“Iba a ir y no pude, porque me gradué en septiembre del ’90; y en noviembre del ’90 empezó la crisis del petróleo que derivó en el llamado Período Especial. Después de eso, todo el mundo sabe lo que pasó”.

En ese momento de la charla es cuando dejo de preguntarle sobre su vida, y sigo con mi propósito inicial: El Quíquiri de Cisneros, porque a las claras Ariel Fernández se siente más cómodo hablando sobre cualquier cosa que no sea Ariel Fernández.

Pero lo que no sabe Ariel es que ese detalle también se me quedará grabado, como se me quedarán grabados el escudo del Barcelona, el recorte de periódico, las guitarritas de juguete, la caricatura de Ández, el televisor pequeño, el trofeo de repentismo, las paredes altas, la distancia kilométrica entre suelo y techo, la austeridad, la humildad, el abrazo, el café. Como se me quedará grabado el camino de regreso a la casona enorme de la calle de Cisneros.

Y les digo que era una casona enorme, de verdad se los digo.

 

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